La verdad no tengo idea de cómo
celebran la Navidad en otras latitudes del mundo, ni mucho menos
(aunque lo imagino) qué significado tiene la Navidad en otras
culturas, pero aquí en Venezuela se celebra tomando mucho licor,
"fiesteando" hasta amanecer y comiendo en exceso platos típicos de
la fecha. Lo que celebramos es la notable oportunidad de estar todos
juntos y en familia sin más presiones que el hecho mismo de que la
curda no se acabe, por cierto así le decimos por acá al licor, y que
la torta negra que guardaste en ese secreto lugar de la nevera no
sea engullida por nadie más que por ti.
Aunque todo es muy bonito y en las familias normales la preparación
de las hallacas (el plato típico principal), montar el arbolito y el
nacimiento son momentos bien fraternales; también es cierto que para
la mayoría de las madres normales es un proceso bien agotador, que
empieza, además, desde el primero de diciembre con el encendido de
la Cruz del Ávila que anuncia el inicio de la temporada. La llegada
de visitas a la casa, el estrés por la limpieza y por la pintura
para poner bien bonita la vivienda, las puede convertir en
verdaderos demonios. Por esta razón, y por el enraizado espíritu
bebedor en mi familia, un cierto diciembre (que hemos tratado todos
de olvidar) nos reunimos los borrachos mayores y los iniciados y
decidimos, pues, humildemente, regalarle a nuestras grandes
matriarcas unas navidades playeras, lejos de la visitadera, la
arregladera y la cocinadera.
Las matriarcas encantadas no tardaron en exagerar el detalle... o
sea, las señoras se emanciparon y se lo tomaron tan en serio que
tuvieron como grito de guerra “NO A LA COCINA”. Esto significó que
absolutamente todo era enlatado, casi que hasta las hallacas. Fue
tan fuerte la saturación de enlatados que a lo único que no le
agarramos idea fue a la cervecita y, sin embargo, la preferimos de
botellita.
Bueno, el caso fue que decidimos irnos en cambote familiar compacto
durante una semana a una casa vacacional en Río Chico. Todo de
verdad se proyectaba súper. Al llegar al soñado lugar (tengo que
resumir el cuento, pues si narro los preparativos van a llorar), por
supuesto hambrientos, nos percatamos de que con la emoción tan
grande, a mi madre (la más ordenada y previsiva) se olvidó llevar el
destapador. Bueno, allí la crisis no fue tan grande porque mi papá y
mi hermano son unos maestros abriendo las latas con cuchillos.
Sin embargo el gran drama se presentó la víspera de la Navidad
puesto que -yo no sé si ya por el agotamiento de los estómagos o por
la pura necedad del destino- mi madre, mi abuela y mi cuñada se
intoxicaron con unos berberechos y unas pepitonas. Aun así lo más
increíble fue que a esa hora los bebedores estábamos todos borrachos
y nadie podía manejar el carro para llevarlas al ambulatorio.
Afortunadamente por esos días yo había hecho buenas migas con un
vecino muy lindo (que tiempo después fue mi primer novio músico)
quien gentilmente (o quizá ganando puntos) nos llevó al ambulatorio
en un jeep, que les juro a cada segundo amenazaba con estallar.
Las intoxicadas, por supuesto, amanecieron todas hospitalizadas. Mis
compañeros de curda durmieron en la piscina y cantaron gaita hasta
en arameo y yo tuve el más lindo y romántico amanecer que he tenido
en compañía de mi dulce conquista cantándome una canción de Guaco,
tomando guarapa de parchita, sentaditos en la plaza viendo ese sol
tan bello en pleno nacimiento.
El drama tuvo un final feliz. Las queridas matriarcas se dejaron de
emancipaciones y retomaron la cocinita tradicional (pero eso sí,
todos participamos). La rumba se puso buena, pues nos volvimos
populares por los acontecimientos, nos pusieron como sobrenombre
"Los Locos Adam´s" y yo terminé empatadísima con ese músico loco y
maravilloso llamado Mauricio. Todo fue paz y armonía, salvo que mi
abuela se enamoró de los mosaiquitos del baño y los despegó casi
todos... aunque de eso nos enteramos después y ya estando en
Caracas.
Pero de panas les digo, a pesar de todo, ¡Qué especial es mi familia
y que viva Venezuela!.● |
“O sea, las señoras se emanciparon y se lo tomaron tan en serio que
tuvieron como grito de guerra: NO A LA COCINA”
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