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Olivia Villoria Quijada (Psicóloga) / oliviavilloria@cantv.net :::::::::::

Las hallacas de mi mamá  
Diciembre es un mes de tradiciones culinarias, entre otras; de platos propios de las celebraciones de Navidad y Año Nuevo: la hallaca sabrosa y el dulce de lechosa, tan inseparables que hasta en rima me salió la frase... La ensalada de gallina, el pan de jamón, el pernil de cochino, y pare de contar. Diciembre es un mes de transgresiones alimentarias, de aumentos de peso, de propósitos de hacer dieta.

Además de “Feliz Navidad” y “Feliz Año”, “las mejores hallacas son las de mi mamá” es una de las frases que solemos decir por estos días. Todos la pronunciamos porque es verdad y no voy a ser yo la excepción. Las mejores hallacas son las de Marina Quijada, mi mamá, aun cuando las de las mujeres que han aprendido de ella también son buenas... para ser justos, son excelentes.

Pero, las de mi mamá tienen la más exquisita sazón, el más delicioso olor, la presencia más atractiva. Hasta su tamaño es perfecto y qué decir del amarre con pabilo: tres filas horizontales y tres filas verticales alineadas perfectamente, cual soldados en un batallón.

Antes, ella sola se ocupaba de todas las faenas propias de su elaboración: desde la compra de los ingredientes; la preparación del guiso; la preparación, la coloración y el extendido de la masa; la colocación del guiso y de los “adornos” sobre éste (un trozo de pechuga de gallina, una lonja de tocino, una tira de pimentón, varias pasitas, un par de aceitunas, una rodaja de huevo sancochado, rueditas de cebolla), el corte del pabilo, el amarre, la cocción... ¡Uff! son tantas tareas, que omito adrede muchas de ellas para no extenderme innecesariamente. La única ayuda que aceptaba era de una de mis hermanas: lavar y cortar la orilla de las hojas de plátano.

No obstante, de un tiempo para acá la elaboración de las hallacas en mi casa es una tarea comunitaria. En las labores más sencillas casi todas colaboran: picar algunos ingredientes, colocar el guiso, poner los adornos, amarrarlas... Cuando lo hacen mis hermanas se producen -a veces- pequeños errores: faltan pasitas, sobran aceitunas, quedan más pequeñas que de ordinario, o más grandes, las picantes no tienen su marca distintiva (un lacito de hoja de plátano), etc.

¿Mi participación? Es sobre todo de apoyo moral o consiste en el “robo” de alguno de los ingredientes, con la excusa de que hay que probar. Cuando no me he podido librar de la tarea de amarrarlas, por ejemplo, se nota claramente mi mano: la rectitud del pabilo, atando las hojas que cuidan el precioso contenido, brilla por su ausencia. Definitivamente, la cocina no es mi fortaleza y mucho menos la preparación de hallacas. Mientras tenga vida diré: “las mejores hallacas son las de mi mamá”... así como lo dicen todos ustedes.●
 

 

 

 

 

 


“Pero, las (hallacas) de mi mamá tienen la más exquisita sazón, el más delicioso olor, la presencia más atractiva”

 

 


 

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