Diciembre es un mes de tradiciones
culinarias, entre otras; de platos propios de las celebraciones de
Navidad y Año Nuevo: la hallaca sabrosa y el dulce de lechosa, tan
inseparables que hasta en rima me salió la frase... La ensalada de
gallina, el pan de jamón, el pernil de cochino, y pare de contar.
Diciembre es un mes de transgresiones alimentarias, de aumentos de
peso, de propósitos de hacer dieta.
Además de “Feliz Navidad” y “Feliz Año”, “las mejores hallacas son
las de mi mamá” es una de las frases que solemos decir por estos
días. Todos la pronunciamos porque es verdad y no voy a ser yo la
excepción. Las mejores hallacas son las de Marina Quijada, mi mamá,
aun cuando las de las mujeres que han aprendido de ella también son
buenas... para ser justos, son excelentes.
Pero, las de mi mamá tienen la más exquisita sazón, el más delicioso
olor, la presencia más atractiva. Hasta su tamaño es perfecto y qué
decir del amarre con pabilo: tres filas horizontales y tres filas
verticales alineadas perfectamente, cual soldados en un batallón.
Antes, ella sola se ocupaba de todas las faenas propias de su
elaboración: desde la compra de los ingredientes; la preparación del
guiso; la preparación, la coloración y el extendido de la masa; la
colocación del guiso y de los “adornos” sobre éste (un trozo de
pechuga de gallina, una lonja de tocino, una tira de pimentón,
varias pasitas, un par de aceitunas, una rodaja de huevo sancochado,
rueditas de cebolla), el corte del pabilo, el amarre, la cocción...
¡Uff! son tantas tareas, que omito adrede muchas de ellas para no
extenderme innecesariamente. La única ayuda que aceptaba era de una
de mis hermanas: lavar y cortar la orilla de las hojas de plátano.
No obstante, de un tiempo para acá la elaboración de las hallacas en
mi casa es una tarea comunitaria. En las labores más sencillas casi
todas colaboran: picar algunos ingredientes, colocar el guiso, poner
los adornos, amarrarlas... Cuando lo hacen mis hermanas se producen
-a veces- pequeños errores: faltan pasitas, sobran aceitunas, quedan
más pequeñas que de ordinario, o más grandes, las picantes no tienen
su marca distintiva (un lacito de hoja de plátano), etc.
¿Mi participación? Es sobre todo de apoyo moral o consiste en el
“robo” de alguno de los ingredientes, con la excusa de que hay que
probar. Cuando no me he podido librar de la tarea de amarrarlas, por
ejemplo, se nota claramente mi mano: la rectitud del pabilo, atando
las hojas que cuidan el precioso contenido, brilla por su ausencia.
Definitivamente, la cocina no es mi fortaleza y mucho menos la
preparación de hallacas. Mientras tenga vida diré: “las mejores
hallacas son las de mi mamá”... así como lo dicen todos ustedes.● |
“Pero, las (hallacas) de mi mamá tienen la más exquisita sazón, el
más delicioso olor, la presencia más atractiva”
|