Mi compadre nunca
pensó que las vacaciones navideñas, que pasaría con su familia en
Tacarigua, serían muy cortas y que regresaría a Caracas entre penas
y glorias.
Al llegar a Tacarigua, escogió como sitio de hospedaje la casa de su
abuelo, para recordar sus años infantiles y que estaba ubicada en el
centro de Pueblo, muy cerca de la bodega de Che Pascual y no tanto
del bar y cine Tropical, el bar de Mello.
A los pocos días de estar en el pueblo, su hijo, el Júnior, ya
poseía un conocimiento muy completo sobre Duendes, Chinangos,
Lloronas, Chiniguas, el Tirano Aguirre y otros espantos, sobre todo
gracias a sus primitos tacarigueros. Esto en verdad no le preocupaba
a mi compadre, ni a su hijo, porque este se había criado sin el
complejo “holliwoodense” de que los feos, mal hechos y “cara de
muertos”, eran seres malignos.
El Júnior -desde muy niño- siempre había gozado del aprecio y los
cuidados de varias personas, entre ellas, Emil, Peruchito y Yekho.
Sin embargo, por allí empezó el problema. Cada día el Júnior tenía
un comentario nuevo y varios de ellos me los narró mi compadre.
Un día el Júnior vio un duende y le hizo una descripción detallada
del espanto a mi compadre. Este concluyó que a quien había visto -y
así se lo hizo saber a su hijo- era a Freddy chiquito, muchacho muy
estudioso de las matemáticas (y mi compadre predijo que este
llegaría a ser algún un día profesor de esa materia).
Una tarde el niño vio dos chinangos jugando en la plaza de la
Iglesia, dos espantos cabezones, boca y ojos grandes y flacos. Mi
compadre -conocedor de los muchachos del pueblo- llegó a conclusión
que eran Mello el de Mencho y el otro, su primo Juan Cheché.
Una mañana caminando por Toporo, el niño tropezó con una chinigua:
una mujer muy delgada, alta, pelo liso, facciones finas, ojos
achinados, vestida de larga saya. Mi compadre -con cierta malicia-
le hizo saber: “esa mujer fue cuando joven, a decir de la prima
Lucila, la novia de tu tío Denis”.
Lo más que conmovió al Júnior fue cuando vio en El Conchal a una
Llorona, una mujer que lo miraba, lloraba y lo abrazaba, lo miraba,
lloraba y lo abrazaba, según el niño, lo miraba y lloraba con mucho
sentimiento y lo abrazaba con mucho cariño. Mi compadre
inmediatamente supo quien era: Maché, pero no comentó nada porque
esa mujer -la supuesta Llorona- pudo haber sido la madre del Júnior
y además, porque mi comadre estaba cerca. Ese día, aparte de los recuerdos
de esa estimada mujer, le vinieron muchos otros, todos buenos, más
aún cuando Roberto (su primo y vecino) lo convidó a comer cachapas
con maníes.
Mi compadre pasaba sus días de vacaciones navideñas tocando cuatro,
cantando, bebiendo, bañándose en las playas de la Isla. Todavía
faltándole muchos días de vacaciones, una noche que llegó tarde a su
alojamiento, borracho (después pasar todo el día y parte de noche
bebiendo con el grupo cultural Fliore, compuesto por Gustavo,
Roberto, Emil, Yekho, Juan Romero, Francisco y otros), al momento de
acostarse, escuchó a su hijo decir:
- Papá en el cuarto está el Diablo, con cachos y todo.
- Ese debe ser el chivo el negro de Chicho Millán que anda suelto
-le contestó-.
El Júnior siguió gritando: “No papá, es el Diablo, es el Diablo”.
Su esposa -mi comadre- ni pendeja que fuera, ni se movió, pero sí le
recriminó: “Anda a ver lo que le pasa a tu hijo”. Él caminó
lentamente hacia en cuarto, rascado y asustado, pidiendo y orando a
Dios, a la Virgen del Valle y al Corazón de Jesús que fuera el chivo
de Chicho.
Llegó al cuarto, preguntó tembloroso dónde estaba el Diablo, su hijo
le señaló con el dedo índice el rincón derecho del cuarto, no vio
nada, cerró los ojos y pasó como diez minutos tirando golpe al aire,
hasta que el niño dijo: “Está bueno papá, el diablo ya se fue
corriendo”. En ese momento a mi compadre se le quitó la pea, le vino
un alivio y se acostó a dormir con un sueño tan profundo que se
levantó el día siguiente en horas de la tarde.
Luego de despertarse salió a la bodega de Che Pascual, a ver si
conseguía con quién sacarse el ratón, no se acordaba de nada de lo
que había pasado en la noche anterior. Había muchas personas en la
bodega, parecía que lo estaban esperando. Las personas lo recibieron
con mucho cariño, menos Pedro Daniel, que decía y repetía: “Ese niño
no puede negar ser hijo de ese embustero, inventar que su papá peleó
con el Diablo y le ganó”. Mi compadre no sabía a qué carajo se
refería, y se retiró nuevamente a la casa de su abuelo, porque en
la bodega “lo que había era puros quechers y él era el único
pitcher”.
Al día siguiente mi compadre se enteró en el bar de Mello que todo
el pueblo sabía que él había derrotado al Diablo, que lo había hecho
correr para siempre y que era considerado el hombre más vergatario
de toda Tacarigua. Volvió a la casa del abuelo, interrogó a mi
comadre y a sus hijos; estos le contaron todo lo que sucedió esa
noche, y que en efecto él le había caído a golpes al Diablo hasta
que salió corriendo. Una cosa le agradó: que peleaba como Mohamed
Alí. Pero recordó otra cosa y se disgustó: Pedro Daniel llamó
embusteros a su hijo y a él. Ese mismo día fue a Porlamar, compró
los pasajes y se regresó a Caracas con su familia sin esperar el día
de los Santos Inocentes, día en el cual ya estaba programado una
fiesta en su honor.
- ¿Por qué te regresaste? -le pregunté extrañado a mi compadre-.
- Mi hijo y mis sobrinos (a cuenta que yo había peleado con el
Diablo) le estaban buscando vainas a todo el mundo y ya me habían
comprometido en varias peleas, entre ellas con Pablo Gómez, Jesús
Gil, Choro, Eliseo, Euro y otros peleadores más del pueblo, gente de
carne y hueso, ningunos espantos, y ellos compadre ¡sí me podían dar
carajazos de verdad!.● |
“Llegó al cuarto, preguntó tembloroso dónde estaba el diablo, su
hijo le señaló con el dedo índice el rincón derecho del cuarto...”
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