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Denis Ramón Rodríguez ("Moncho") / dionnisio@hotmail.com :::::::::::

Desde El Tirano a Tacarigua  
A mis abuelos Gaspar y Aníbal
por enseñarme que la mejor herencia
está en la familia...


I
Desde hace ya un tiempo atrás esperaba este momento para rendir un tributo a dos grandes personajes que forman parte de mis raíces y que formaron parte de mi vida, mis recuerdos y que siempre salen en pensamientos cuando en diciembre viajo a su Isla Margarita.

Margarita y Maracay son mis dos sitios de paz... Margarita siempre es fiesta y en Maracay siempre está mi "Gran madrina" esperándome con una sonrisa.

Pero Margarita es un sitio muy querido, porque lo visito en navidades y me encuentro con mis familiares maternos y paternos. Este sitio tiene sus rutinas que no nunca están de más y mucho menos "de menos". El viaje a ver a la Virgen del Valle para pedirle por la familia, pasar por Porlamar a comprar regalos y chocolates para los amigos, hacer la primera visita a mis abuelos y a mis tíos, son recorridos claves para sentirse en ambiente, respirar el aire puro insular y dejar a un lado la preocupación de los estudios, el trabajo y salir -por fin- a disfrutar. Es un pedacito de año para ser feliz con los míos para poder abrazar a mis primas del Zulia, tomar cervezas con mis primos de Puerto Ordaz, hablar del próximo Mureche con Fran, salir a Dunes con Antonio, Mariale y Alejandro a ver que hay de nuevo en el bifé, o visitar con Rosy y Jolie las discos de Margarita.

Eso y muchas cosas más es Margarita. Y aunque la mayoría de estos rituales puedan ser muy comunes, yo les contaré de esos bellos momentos familiares que he vivido en dos lugares mágicos de esa Isla. Esos lugares son El Tirano y Tacarigua.

En El Tirano hay una playa frente a la casa de Gaspar y Estilita. Allí pasé muchas noches durmiendo con el sonido del mar y conocí los cuentos de espantos que reinan en la isla, escuché de la boca de Estilita que de pequeña habló con el Tirano Aguirre y que no le dio miedo ver al espanto, porque le protegía su inocencia de niña y porque Jesús siempre ha estado a su lado.

En la puerta de esa casa azul, siempre habían dos sillas para mi abuela y mi abuelo; y la luna se reflejaba en las aguas nocturnas donde flotaban los peñeros que siempre apuntan al horizonte. Allí el café despierta temprano cuando aún cuelgan las hamacas, y las empanadas de cazón son las que empiezan la mañana. Las gallinas del patio se levantan y el perro empieza a ladrar.

En esa casa de pueblo, de las de antes, de las duras, donde la familia mamá, papá, tíos, abuelos cabían sin ningún problema y todo el muchachero salía de la casa a la mar y llegaba con los pies descalzos llenos de agua salada y tierra de playa. De "indígenas" -como le decía Gaspar a sus nietos- que iban a tirar fosforitos en la plaza de la iglesia, quienes juntos y bien vestidos, acompañados de las Gaitas del tío Dalmiro y los bailes de Carmencita y Morelba, y en un banquete de mesa decembrina escuchaban las campanadas del 31 llegar a través de Radio Margarita. Allí comenzaba la partida del año viejo y se iniciaba uno nuevo con el abrazo de la familia y el recuerdo (en lágrimas o en silencios) de quienes no están presente.

Ahora que lo pienso, siempre he tenido la impresión de que el 31 viene con una ola y sólo se acaba ese año cuando la espuma desaparece en la tierra y otra ola vuelve para reventar.

Hoy ya Gaspar no está en la casa azul. Estilita en su silla dice que se fue a caminar a la playa y que no ha regresado; pero si alguno de mis primos -hijos de David- le pregunta al tío Enrique a dónde se ha ido su abuelo, este lanza su mirada al mar y dice que Gaspar se fue al cielo. Yo con respecto a eso tengo mis teorías, creo que de Gaspar soy herencia -como lo es parte de mi familia- pero Gaspar no está sólo en su familia y en los recuerdos de ellos. Gaspar está en su legado de amor y cariño para los suyos y en su trabajo con los peñeros. Por eso en Puerto Fermín hay un mito que corre entre los pescadores del pueblo, que dice que en ese puerto nunca falta el pescado fresco, ni se hunden los peñeros.

II
Pero avanzando un poco llegamos a la tierra del Mureche, a Tacarigua, pueblo de lindas casas y donde siempre he sentido, vive una sola familia. Allí junto a su plaza, detrás de la iglesia del Corazón de Jesús, está una casita donde se reúnen mis tíos y primos. La Casa de Aníbal y Lucía.

En esa casa nació mi padre y mis 7 tíos; y un legado de sabiduría, de familia y de ahorro que llevó a los Rodríguez al gozo de ser profesionales gloriosos.

En Tacarigua estaba todo y siento que aún lo sigue estando, los vecinos son amigos y las familias son unidas, y los compadres siempre beben en el mismo bar y con las sillas al aire libre donde no dejan de saludar a los amigos que pasan por la carretera principal del pueblo de Cheguaco, Ninito y el señor Aníbal.

Allí todos saben de todos, y se cuidan por igual, las fiestas siempre son grandes y no falta nunca el pan, y mucho menos las botellas del mejor whisky de la Isla y los pasapalos de Rattan.

Todos los años los hijos de Aníbal se reúnen en ese mágico lugar a ver a sus sobrinos y ahijados, y para celebrar el cumpleaños de uno de sus hermanos. Y la fiesta se hace en grande: Elina y Elirami traen su cuatro para -junto con la mandolina de Luis Aníbal- poner la música que todos los tíos saben cantar. Y esa fiesta no se acaba hasta que se cierra la puerta de la casa del abuelo Aníbal.

En esa fiesta los primos, tíos y abuelos se unen en una fraternidad de gran familia donde los amigos no sobran y donde nada falta. Donde el legado de Aníbal se hace fuerte en el alma. La familia, con razón o sin ella. Nadie estará para ayudar más que la familia y por eso se le hace una fiesta a los hermanos (todos los años), por eso los diciembres se respetan, porque el resto del año nuevo será para superar nueva metas. Porque la pelea es peleando, como dice mi abuela. Porque diciembre nunca nos falta... pero hay que ahorrar para cuando venga.

Ahora Aníbal no está en la casa, pero de él también soy nieto y herencia, porque llevo su legado de familia, porque con él descubrí el valor del ahorro, el respeto a mis mayores y el acercarme a los libros. Él fue enemigo número uno de mi flojera y muchas veces me dijo que en mi graduación se tomaría un whisky en mi nombre (y se lo tomó). Él y mi abuela fueron la cura a los días enfermos cuando niño, fueron las galletas de chocolate y la torta con merengue de coco en mis cumpleaños.

Y todo eso pasó -y pasa- en mis navidades y los 31 de cada año cuando los habitantes de la isla lucen sus pintas, en esa última noche del año cuando Denis y Rosalina salen con sus hijos de casa en casa de fiesta en fiesta a desear el feliz año, desde El Tirano a Tacarigua.●
 

 

 

 

 

 


“Hoy ya Gaspar no está en la casa azul. Estilita en su silla dice que se fue a caminar a la playa y que no ha regresado”


 

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