A mis abuelos
Gaspar y Aníbal
por enseñarme que la mejor herencia
está en la familia...
I
Desde hace ya un tiempo atrás esperaba este momento para rendir un
tributo a dos grandes personajes que forman parte de mis raíces y
que formaron parte de mi vida, mis recuerdos y que siempre salen en
pensamientos cuando en diciembre viajo a su Isla Margarita.
Margarita y Maracay son mis dos sitios de paz... Margarita siempre
es fiesta y en Maracay siempre está mi "Gran madrina" esperándome
con una sonrisa.
Pero Margarita es un sitio muy querido, porque lo visito en
navidades y me encuentro con mis familiares maternos y paternos.
Este sitio tiene sus rutinas que no nunca están de más y mucho menos
"de menos". El viaje a ver a la Virgen del Valle para pedirle por la
familia, pasar por Porlamar a comprar regalos y chocolates para los
amigos, hacer la primera visita a mis abuelos y a mis tíos, son
recorridos claves para sentirse en ambiente, respirar el aire puro
insular y dejar a un lado la preocupación de los estudios, el
trabajo y salir -por fin- a disfrutar. Es un pedacito de año para
ser feliz con los míos para poder abrazar a mis primas del Zulia,
tomar cervezas con mis primos de Puerto Ordaz, hablar del próximo
Mureche con Fran, salir a Dunes con Antonio, Mariale y Alejandro a
ver que hay de nuevo en el bifé, o visitar con Rosy y Jolie las
discos de Margarita.
Eso y muchas cosas más es Margarita. Y aunque la mayoría de estos
rituales puedan ser muy comunes, yo les contaré de esos bellos
momentos familiares que he vivido en dos lugares mágicos de esa
Isla. Esos lugares son El Tirano y Tacarigua.
En El Tirano hay una playa frente a la casa de Gaspar y Estilita.
Allí pasé muchas noches durmiendo con el sonido del mar y conocí los
cuentos de espantos que reinan en la isla, escuché de la boca de
Estilita que de pequeña habló con el Tirano Aguirre y que no le dio
miedo ver al espanto, porque le protegía su inocencia de niña y
porque Jesús siempre ha estado a su lado.
En la puerta de esa casa azul, siempre habían dos sillas para mi
abuela y mi abuelo; y la luna se reflejaba en las aguas nocturnas
donde flotaban los peñeros que siempre apuntan al horizonte. Allí el
café despierta temprano cuando aún cuelgan las hamacas, y las
empanadas de cazón son las que empiezan la mañana. Las gallinas del
patio se levantan y el perro empieza a ladrar.
En esa casa de pueblo, de las de antes, de las duras, donde la
familia mamá, papá, tíos, abuelos cabían sin ningún problema y todo
el muchachero salía de la casa a la mar y llegaba con los pies
descalzos llenos de agua salada y tierra de playa. De "indígenas"
-como le decía Gaspar a sus nietos- que iban a tirar fosforitos en
la plaza de la iglesia, quienes juntos y bien vestidos, acompañados
de las Gaitas del tío Dalmiro y los bailes de Carmencita y Morelba,
y en un banquete de mesa decembrina escuchaban las campanadas del 31
llegar a través de Radio Margarita. Allí comenzaba la partida del
año viejo y se iniciaba uno nuevo con el abrazo de la familia y el
recuerdo (en lágrimas o en silencios) de quienes no están presente.
Ahora que lo pienso, siempre he tenido la impresión de que el 31
viene con una ola y sólo se acaba ese año cuando la espuma
desaparece en la tierra y otra ola vuelve para reventar.
Hoy ya Gaspar no está en la casa azul. Estilita en su silla dice que
se fue a caminar a la playa y que no ha regresado; pero si alguno de
mis primos -hijos de David- le pregunta al tío Enrique a dónde se ha
ido su abuelo, este lanza su mirada al mar y dice que Gaspar se fue
al cielo. Yo con respecto a eso tengo mis teorías, creo que de
Gaspar soy herencia -como lo es parte de mi familia- pero Gaspar no
está sólo en su familia y en los recuerdos de ellos. Gaspar está en
su legado de amor y cariño para los suyos y en su trabajo con los
peñeros. Por eso en Puerto Fermín hay un mito que corre entre los
pescadores del pueblo, que dice que en ese puerto nunca falta el
pescado fresco, ni se hunden los peñeros.
II
Pero avanzando un poco llegamos a la tierra del Mureche, a
Tacarigua, pueblo de lindas casas y donde siempre he sentido, vive
una sola familia. Allí junto a su plaza, detrás de la iglesia del
Corazón de Jesús, está una casita donde se reúnen mis tíos y primos.
La Casa de Aníbal y Lucía.
En esa casa nació mi padre y mis 7 tíos; y un legado de sabiduría,
de familia y de ahorro que llevó a los Rodríguez al gozo de ser
profesionales gloriosos.
En Tacarigua estaba todo y siento que aún lo sigue estando, los
vecinos son amigos y las familias son unidas, y los compadres
siempre beben en el mismo bar y con las sillas al aire libre donde
no dejan de saludar a los amigos que pasan por la carretera
principal del pueblo de Cheguaco, Ninito y el señor Aníbal.
Allí todos saben de todos, y se cuidan por igual, las fiestas
siempre son grandes y no falta nunca el pan, y mucho menos las botellas del
mejor whisky de la Isla y los pasapalos de Rattan.
Todos los años los hijos de Aníbal se reúnen en ese mágico lugar a
ver a sus sobrinos y ahijados, y para celebrar el cumpleaños de uno
de sus hermanos. Y la fiesta se hace en grande: Elina y Elirami
traen su cuatro para -junto con la mandolina de Luis Aníbal- poner
la música que todos los tíos saben cantar. Y esa fiesta no se acaba
hasta que se cierra la puerta de la casa del abuelo Aníbal.
En esa fiesta los primos, tíos y abuelos se unen en una fraternidad
de gran familia donde los amigos no sobran y donde nada falta. Donde
el legado de Aníbal se hace fuerte en el alma. La familia, con razón
o sin ella. Nadie estará para ayudar más que la familia y por eso se
le hace una fiesta a los hermanos (todos los años), por eso los
diciembres se respetan, porque el resto del año nuevo será para
superar nueva metas. Porque la pelea es peleando, como dice mi
abuela. Porque diciembre nunca nos falta... pero hay que ahorrar
para cuando venga.
Ahora Aníbal no está en la casa, pero de él también soy nieto y
herencia, porque llevo su legado de familia, porque con él descubrí
el valor del ahorro, el respeto a mis mayores y el acercarme a los
libros. Él fue enemigo número uno de mi flojera y muchas veces me
dijo que en mi graduación se tomaría un whisky en mi nombre (y se lo
tomó). Él y mi abuela fueron la cura a los días enfermos cuando
niño, fueron las galletas de chocolate y la torta con merengue de
coco en mis cumpleaños.
Y todo eso pasó -y pasa- en mis navidades y los 31 de cada año
cuando los habitantes de la isla lucen sus pintas, en esa última
noche del año cuando Denis y Rosalina salen con sus hijos de casa en
casa de fiesta en fiesta a desear el feliz año, desde El Tirano a
Tacarigua.● |
“Hoy ya Gaspar no está en la casa azul. Estilita en su silla dice
que se fue a caminar a la playa y que no ha regresado”
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