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Reflexiones

Denis Ramón Rodríguez ("Moncho") / dionnisio@hotmail.com :::::::::::

Une petite histoire sur la pome d´ amore  
Hace unos años tuve una novia francesa llamada Armelle con la cual pasé momentos muy felices, descubriendo su feminidad, su alegría de niña y la humildad que irradiaba, haciéndola resaltar sobre las otras chicas.

Recuerdo que unos días antes de que llegara Semana Santa, habíamos planificado un viaje a Margarita con mis padres, el cual no se pudo dar porque Armelle enfermó al tener su hemoglobina baja. Frutas rojas, carnes y pimentón eran los alimentos que tenía que comer para subir su hemoglobina; y al mismo tiempo, debía guardar mucho reposo.

Ella hubiera preferido que yo viajase con mis padres a Margarita (para que por lo menos uno de los dos disfrutara aquellos días) pero no podía dejarla sola, así que fui a su casa a cuidarla y entretanto trataba de pensar a dónde podíamos ir para que no se quedara en su cuarto sintiéndose mal. Fue entonces cuando se me ocurrió la idea de llevarla a la Colonia Tovar para que olvidara su enfermedad, el ruido caraqueño y para que comiera mucha carne roja, frutas rojas y también para que disfrutara las cachapas que tanto le gustaban.

Con lo que no conté fue que en Semana Santa mucha gente va allá a quedarse a las posadas, para tener la oportunidad de comer salchichas polacas y alemanas, degustar jugosas fresas, deliciosos duraznos y todas las cosas que tiene para ofrecer ese mágico sitio del estado Aragua.

Conseguir una posada se nos hizo muy difícil, así que decidimos dar vueltas por el pueblo y disfrutar el momento. Al llegar a la iglesia, Armelle sacó su fabulosa guía turística francesa (Le petite Fûte) y me comentó la historia de la Colonia Tovar, me contó que la iglesia tenía forma de "L" porque por un lado entraban los hombres y por el otro las mujeres. Luego fuimos al cementerio a ver sus figuras y sus colores, fue entonces cuando recordó que había conocido una vez a un hombre que dormía en los cementerios porque no tenía casa y porque consideraba que ese era un sitio donde no iría nadie a hacerle mal. “Es un sitio donde la gente descansa en paz”, dijo Armelle.

Luego volvimos a la Iglesia porque quería hacerle una promesa a la Virgen. Cuando vi la imagen de María le dije: “Si me ayudas a conseguir una posada te traeré unas flores muy lindas ¿vale?”. “Pero tu crees que la Virgen necesita de tus flores” dijo Armelle. “No, ella preferiría que le dieras un pan a un niño pobre; yo creo que eso le gustaría más”. Su comentario me paralizó por un momento y mirándola como tonto le dije: “tú siempre tienes razón”. Armelle tenía ese poder sobre mí, de conmoverme con frases tan simples y tan justas; y además tenía unos hermosos ojos grises que me daban todo para estar en paz.

En ese momento salí a buscar las flores para no romper mi promesa y pasando por las ventas de frutas, compramos unas 7 manzanas acarameladas (o “pome d´amour” como les decía Armelle) y las repartimos a todos los niños pobres que vimos por el camino. Después de esa caminata fuimos a ver una posaba donde nos dijeron que tal vez uno de los turistas no iría a pasar la noche, así que terminamos de llevarle las flores a la Virgen en la iglesia y, al volver a la posada, ya teníamos un sitio donde pasar la noche.

En la Colonia pasamos 3 días y dos noches, comiendo todo tipo de salchichas, frutas y otros embutidos. Llegamos a desayunar en el Selva Negra, a caminar muchas calles en busca de fresas con crema y ver todas las tiendas de artesanía; al finalizar la tarde, nos quedamos en la plaza para observar las muchas estrellas que ya no se ven en Caracas y a tomar fotos de nuestra felicidad.

En la noche de la procesión le confesé a Armelle que desde pequeño le tenía mucho miedo a esa ceremonia, que los cantos de esos rituales me sonaban más a defunción que a alegría de resurrección. Ella estuvo de acuerdo y me comentó acerca de una Semana Santa que pasó en España, cuando vio como unos jóvenes que tocaban en una procesión le sangraban las manos de tanto tocar el tambor y los pies de tanto caminar descalzos.

Luego de ver al Cristo y a la Virgen, fue suficiente para los dos, así que sólo entramos un momento a la capilla para hablar con Dios por unos minutos y seguido a eso, nos fuimos a la habitación a jugar con mis cartas de juegos modernos (en las que ella siempre me ganaba) y con sus juegos clásicos (en los que yo siempre le ganaba). Fueron noches de mucho amor y pasión, rodeados de fresas, moras, duraznos; veladas de besos y haciendo el amor entre colchas de lana, para acobijarnos del frío de la Colonia, esperando que llegara la mañana de nuestro regreso a casa.

La hemoglobina de Armelle mejoró en esos días, o por lo menos eso se veía en su estado de ánimo. Estar en la Colonia Tovar creo le hizo pensar que estaba en Europa y tal vez se sintió cerca de casa. A mí ese viaje me dejó muy buenos recuerdos de un amor (que hoy no es de novios sino de amigos), muchas fotos y una costumbre o un rito que comencé desde ese día en que fui, ahora siempre que voy a la Colonia Tovar trato de comprar dos manzanas acarameladas para los niños pobres que consiga en el camino, una por mí y otra por Armelle. Porque ¿saben? Yo también creo que a la Virgen le gusta más que una persona alimente a uno de sus hijos a que le lleven flores al altar.●
 

 

 

 

 

 


“Armelle tenía ese poder sobre mí, de conmoverme con frases tan simples y tan justas”


 

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