Hace unos años tuve una novia
francesa llamada Armelle con la cual pasé momentos muy felices,
descubriendo su feminidad, su alegría de niña y la humildad que
irradiaba, haciéndola resaltar sobre las otras chicas.
Recuerdo que unos días antes de que llegara Semana Santa,
habíamos planificado un viaje a Margarita con mis padres, el cual no
se pudo dar porque Armelle enfermó al tener su hemoglobina baja.
Frutas rojas, carnes y pimentón eran los alimentos que tenía que
comer para subir su hemoglobina; y al mismo tiempo, debía guardar
mucho reposo.
Ella hubiera preferido que yo viajase con mis padres a Margarita
(para que por lo menos uno de los dos disfrutara aquellos días)
pero no podía dejarla sola, así que fui a su casa a cuidarla y
entretanto trataba de pensar a dónde podíamos ir para que no se
quedara en su cuarto sintiéndose mal. Fue entonces cuando se me
ocurrió la idea de llevarla a la Colonia Tovar para que olvidara su
enfermedad, el ruido caraqueño y para que comiera mucha carne roja,
frutas rojas y también para que disfrutara las cachapas que tanto le
gustaban.
Con lo que no conté fue que en Semana Santa mucha gente va allá a
quedarse a las posadas, para tener la oportunidad de comer salchichas polacas y alemanas, degustar jugosas fresas, deliciosos duraznos y todas las cosas que tiene para ofrecer ese
mágico sitio del estado Aragua.
Conseguir una posada se nos hizo muy difícil, así que decidimos dar
vueltas por el pueblo y disfrutar el momento. Al llegar a la
iglesia, Armelle sacó su fabulosa guía turística francesa (Le petite
Fûte) y me comentó la historia de la Colonia Tovar, me contó que la
iglesia tenía forma de "L" porque por un lado entraban los hombres y
por el otro las mujeres. Luego fuimos al cementerio a ver sus
figuras y sus colores, fue entonces cuando recordó que había
conocido una vez a un hombre que dormía en los cementerios porque no
tenía casa y porque consideraba que ese era un sitio donde no iría
nadie a hacerle mal. “Es un sitio donde la gente descansa en paz”,
dijo Armelle.
Luego volvimos a la Iglesia porque quería hacerle una promesa a la
Virgen. Cuando vi la imagen de María le dije: “Si me ayudas a
conseguir una posada te traeré unas flores muy lindas ¿vale?”. “Pero
tu crees que la Virgen necesita de tus flores” dijo Armelle. “No,
ella preferiría que le dieras un pan a un niño pobre; yo creo que
eso le gustaría más”. Su comentario me paralizó por un momento y
mirándola como tonto le dije: “tú siempre tienes razón”. Armelle
tenía ese poder sobre mí, de conmoverme con frases tan simples y tan
justas; y además tenía unos hermosos ojos grises que me daban todo
para estar en paz.
En ese momento salí a buscar las flores para no romper mi promesa y
pasando por las ventas de frutas, compramos unas 7 manzanas
acarameladas (o “pome d´amour” como les decía Armelle) y las
repartimos a todos los niños pobres que vimos por el camino. Después
de esa caminata fuimos a ver una posaba donde nos
dijeron que tal vez uno de los turistas no iría a pasar la noche,
así que terminamos de llevarle las flores a la Virgen en la iglesia
y, al volver a la posada, ya teníamos un sitio donde pasar la noche.
En la Colonia pasamos 3 días y dos noches, comiendo todo tipo de
salchichas, frutas y otros embutidos. Llegamos a desayunar en el
Selva Negra, a caminar muchas calles en busca de fresas con crema y
ver todas las tiendas de artesanía; al finalizar la tarde, nos
quedamos en la plaza para observar las muchas estrellas que ya no se
ven en Caracas y a tomar fotos de nuestra felicidad.
En la noche de la procesión le confesé a Armelle que desde pequeño
le tenía mucho miedo a esa ceremonia, que los cantos de esos
rituales me sonaban más a defunción que a alegría de resurrección.
Ella estuvo de acuerdo y me comentó acerca de una Semana Santa que
pasó en España, cuando vio como unos jóvenes que tocaban en una
procesión le sangraban las manos de tanto tocar el tambor y los pies
de tanto caminar descalzos.
Luego de ver al Cristo y a la Virgen, fue suficiente para los dos,
así que sólo entramos un momento a la capilla para hablar con Dios
por unos minutos y seguido a eso, nos fuimos a la habitación a jugar
con mis cartas de juegos modernos (en las que ella siempre me
ganaba) y con sus juegos clásicos (en los que yo siempre le ganaba).
Fueron noches de mucho amor y pasión, rodeados de fresas, moras,
duraznos; veladas de besos y haciendo el amor entre colchas de lana,
para acobijarnos del frío de la Colonia, esperando que llegara la
mañana de nuestro regreso a casa.
La hemoglobina de Armelle mejoró en esos días, o por lo menos eso se
veía en su estado de ánimo. Estar en la Colonia Tovar creo le hizo
pensar que estaba en Europa y tal vez se sintió cerca de
casa. A mí ese viaje me dejó muy buenos recuerdos de un amor (que
hoy no es de novios sino de amigos), muchas fotos y una costumbre o
un rito que comencé desde ese día en que fui, ahora siempre
que voy a la Colonia Tovar trato de comprar dos manzanas acarameladas para
los niños pobres que consiga en el camino, una por mí y otra por Armelle. Porque ¿saben? Yo también creo que a la Virgen le gusta más
que una persona alimente a uno de sus hijos a que le lleven flores
al altar.● |
“Armelle tenía ese poder sobre mí, de conmoverme con frases tan
simples y tan justas”
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