Leer y viajar se parecen mucho, se
abre un libro para introducirse en una historia y se viaja para
seguir creando una propia. Viajar es un regalo para el alma, el
cuerpo y la mente, es casi tan imprescindible como el alimento
diario, es la mejor forma que he conseguido para liberar el estrés,
alimentar la inteligencia, conocer personas, avivar los ánimos,
conseguir la salud y reivindicarme conmigo misma. Se puede decir que
he hecho deportes extremos ya que el sólo hecho de tomar un
autobús, un avión o un ferry ya te hace aventurero y arriesgado;
cuando sales de tu casa algo nuevo vivirás, eso es fascinante, es
para mí, una de las razones por las que vale la pena existir.
Es por eso que soy del tipo de persona que no vacila en levantarse
un sábado y meter en una mochila lo imprescindible para uno o dos
días. Cuando dispongo de pocos días y poco dinero casi siempre mis
refugios son las costas del estado Aragua: Choroní y Ocumare de la
Costa. El pescado que se come a orillas de esos mares me revitaliza,
allí me bronceo, me hago crinejas, leo, troto los pocos días que esté ahí
y mi parte favorita: pateo las olas hasta quedar exhausta y camino
descalza en la arena cuantas veces me sea posible.
No sé si les ha pasado a quienes me leen: cada sitio que he visitado
más de una vez cambia de acuerdo con las personas que me acompañen,
las vivencias que con ellos tenga, las condiciones en las que
encuentre el lugar y las historias que para la fecha haya dejado
atrás, esto hace que los destinos jamás se agoten y que siempre
valga la pena agarrar un autobús; así, aunque prefiera ir a nuevos
lugares, puedo volver mil veces a la playa La Ciénaga de Ocumare de
la Costa y sabré que no es la misma, la disfrutaré como si fuese la
primera vez.
De mi país conozco Aragua, Barquisimeto, Zulia, Falcón, Sucre,
Miranda, Mérida, Yaracuy, Vargas, Carabobo, y las islas de
Margarita, Coche y Los Roques. No he salido de Venezuela pero
casualmente para el momento en el que escribo estas líneas tengo en
la gaveta de mi cuarto un pasaje para Madrid y otro para Inglaterra.
Creo que será una constante en mi vida tratar de conseguir el mínimo
de los recursos para seguir viajando. Me imagino a los cincuenta
años con el dinero suficiente para darme un viaje -de por lo menos un
año- por toda América, tomando notas y comprando libros. Si lo puedo
hacer con la hija o hijo que aún no conozco pues el sueño estará
completo, ese viaje seguro me dará el oxígeno suficiente para vivir
20 años más y ver a mis nietos encaramándose un morral para salir
por ahí.● |
“Cuando sales de tu casa algo nuevo vivirás, eso es fascinante, es
para mí una de las razones por las que vale la pena existir”
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