"Todo se apagó como si alguien
oprimiera un interruptor".
La vasta llanura del sur del Lago de Maracaibo se bañaba de una luz
increíblemente fluorescente con el esplendor de la luna llena. Eran
la una y treinta de madrugada. Las copas de los árboles en su
espesura, mil veces vistas, parecían mágicas ante mis ojos. Tantas
veces en mi vida he recorrido el mismo paisaje y todavía sigue
sorprendiéndome. Algunas veces ese mismo paisaje me hipnotiza con su
atmósfera dorada, cuando -bañadas por el sol de los venados- bandadas
de garzas blancas se posan sinuosas sobre ramas y pueblan los
esqueletos de algunos árboles secos a la orilla del camino.
Me sentía cansada, no tanto por la hora sino por el silencio que
rodeaba la carretera, aun cuando en susurro se escuchaba la melodía
de un cassette que se repetía una y otra vez, desde que partimos de
San Antonio del Táchira. Mi compañero y yo veníamos atravesando la Panamericana,
pasando por El Vigía hasta Santa Bárbara (por motivos de mejor
vialidad no cogimos por la Machiques-Colón, cuyo trayecto es más
corto).
- ¿Tienes sueño? - me preguntó.
- No. Ya falta como media hora para llegar.
Apagué la música y agregué: "Impresionante el efecto de la luna,
¿verdad?"
- Ciertamente. Me hace recordar algo que me pasó, más o menos cinco
años atrás... Una noche como esta, bajo el claror de la luna.
- ¿Y qué te pasó? ¿chocaste? ¿te quedaste sin gasolina? ¿se dañó el
motor?... Responde, pues ¿qué otra cosa puede suceder de madrugada y
por carretera?
- No, ninguna de las anteriores. -Agregó, mirándome con un gesto
que no supe descifrar.
Él regresó a su posición original de conductor y me daba la
impresión de que organizaba sus recuerdos o su discurso para
relatarme la historia. Ha sido siempre una persona seria, con
aptitudes intelectuales, racional, de aquellos que no creen en
historias de camino.
Interrumpió mis pensamientos para contarme: "Salimos aquella noche
de una fiesta en El Vigía. Yo sólo había tomado una cerveza y
Armando, como siempre, cuatro o cinco. La verdad es que no estábamos
borrachos. La carretera era para nosotros, no vimos pasar autos
durante el trayecto. La luna se reflejaba como ahora y de un momento
a otro, del lado derecho del camino vimos una ráfaga de luz muy
intensa, parecía que se estaba cayendo un pedazo de luna en medio de
la llanura. Nos quedamos paralizados, el auto se
detuvo, Armando y yo nos miramos sin decirnos nada.
No sé en cuántas fracciones de tiempo ocurrió el fenómeno, pero yo
decidí pensar que mi imaginación me jugaba una broma o que fue el
relámpago del Catatumbo que se hizo mucho más evidente... pero ¿Es
que el rayo se puede apreciar del lado izquierdo del camino si vamos
de regreso? Entonces... no sé.
Armando no dijo nada tampoco, creemos en cosas que se pueden
comprobar, en la ciencia, no en cosas paranormales, por eso no dijimos
nada. Creo que él culpó a las cinco cervezas. Aquello se
desvaneció como si alguien oprimiera un interruptor en el paisaje.
Llegamos al pueblo y lo dejé en su casa, se despidió: Hasta más
tarde... Yo, en mi casa, acostado en la cama pensaba y repensaba
sobre lo ocurrido y como no encontré la forma de darme una
explicación, decidí olvidarlo. De hecho, hoy es la primera vez que
lo cuento. Armando creo que tampoco se lo dijo a nadie, ni
siquiera lo comentamos entre nosotros. Total ¿quién nos creería?"
- Y ahora, después de todo este tiempo ¿qué piensas de eso? -le
pregunté.
- Nada -respondió seco, sin voltear la mirada del horizonte y no
habló más.
Ya estábamos llegando a Santa Bárbara, todo dormido alrededor,
solo se paseaba el aire fresco de la madrugada aprovechando su
momento, porque cuando el astro rey hace gala, no hay más chance
para el frescor sino para humedad y el calor sofocante de todos los
días. Él no mencionó nuevamente el extraño episodio, nunca más desde
aquel día.
Han pasado muchos años y han cambiado las cosas, no nos
volvimos a ver, como tampoco pude ver o asegurarme de la veracidad
de aquel fenómeno. El tiempo pasa y es como un efecto interruptor
que alguien lo oprime y se transforma la luz en oscuridad. Hoy
traigo a mi memoria el paisaje del Sur del Lago, sus garzas blancas,
su sol de mediodía, su atardecer de venados.
A mis oídos llegan ecos del ritmo de una gaita en agosto o cualquier
ritmo vallenato en ondas de radio que se escuchan en el occidente
venezolano, ahora, precisamente ahora, cuando estoy lejos y vivo en
tierras de Colón, pero no aquella del municipio, sino aquellas
extranjeras, las del mismísimo Cristóbal Colón.● |
“Parecía que se estaba cayendo un pedazo de luna en medio de la
llanura”
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