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Alix E. Fazio Rosales / rosalix@yahoo.com :::::::::::

Luz de luna  
"Todo se apagó como si alguien oprimiera un interruptor".

La vasta llanura del sur del Lago de Maracaibo se bañaba de una luz increíblemente fluorescente con el esplendor de la luna llena. Eran la una y treinta de madrugada. Las copas de los árboles en su espesura, mil veces vistas, parecían mágicas ante mis ojos. Tantas veces en mi vida he recorrido el mismo paisaje y todavía sigue sorprendiéndome. Algunas veces ese mismo paisaje me hipnotiza con su atmósfera dorada, cuando -bañadas por el sol de los venados- bandadas de garzas blancas se posan sinuosas sobre ramas y pueblan los esqueletos de algunos árboles secos a la orilla del camino.

Me sentía cansada, no tanto por la hora sino por el silencio que rodeaba la carretera, aun cuando en susurro se escuchaba la melodía de un cassette que se repetía una y otra vez, desde que partimos de San Antonio del Táchira. Mi compañero y yo veníamos atravesando la Panamericana, pasando por El Vigía hasta Santa Bárbara (por motivos de mejor vialidad no cogimos por la Machiques-Colón, cuyo trayecto es más corto).

- ¿Tienes sueño? - me preguntó.

- No. Ya falta como media hora para llegar.

Apagué la música y agregué: "Impresionante el efecto de la luna, ¿verdad?"

- Ciertamente. Me hace recordar algo que me pasó, más o menos cinco años atrás... Una noche como esta, bajo el claror de la luna.

- ¿Y qué te pasó? ¿chocaste? ¿te quedaste sin gasolina? ¿se dañó el motor?... Responde, pues ¿qué otra cosa puede suceder de madrugada y por carretera?

- No, ninguna de las anteriores. -Agregó, mirándome con un gesto que no supe descifrar.

Él regresó a su posición original de conductor y me daba la impresión de que organizaba sus recuerdos o su discurso para relatarme la historia. Ha sido siempre una persona seria, con aptitudes intelectuales, racional, de aquellos que no creen en historias de camino.

Interrumpió mis pensamientos para contarme: "Salimos aquella noche de una fiesta en El Vigía. Yo sólo había tomado una cerveza y Armando, como siempre, cuatro o cinco. La verdad es que no estábamos borrachos. La carretera era para nosotros, no vimos pasar autos durante el trayecto. La luna se reflejaba como ahora y de un momento a otro, del lado derecho del camino vimos una ráfaga de luz muy intensa, parecía que se estaba cayendo un pedazo de luna en medio de la llanura. Nos quedamos paralizados, el auto se detuvo, Armando y yo nos miramos sin decirnos nada. No sé en cuántas fracciones de tiempo ocurrió el fenómeno, pero yo decidí pensar que mi imaginación me jugaba una broma o que fue el relámpago del Catatumbo que se hizo mucho más evidente... pero ¿Es que el rayo se puede apreciar del lado izquierdo del camino si vamos de regreso? Entonces... no sé.

Armando no dijo nada tampoco, creemos en cosas que se pueden comprobar, en la ciencia, no en cosas paranormales, por eso no dijimos nada. Creo que él culpó a las cinco cervezas. Aquello se desvaneció como si alguien oprimiera un interruptor en el paisaje.

Llegamos al pueblo y lo dejé en su casa, se despidió: Hasta más tarde... Yo, en mi casa, acostado en la cama pensaba y repensaba sobre lo ocurrido y como no encontré la forma de darme una explicación, decidí olvidarlo. De hecho, hoy es la primera vez que lo cuento. Armando creo que tampoco se lo dijo a nadie, ni siquiera lo comentamos entre nosotros. Total ¿quién nos creería?"

- Y ahora, después de todo este tiempo ¿qué piensas de eso? -le pregunté.

- Nada -respondió seco, sin voltear la mirada del horizonte y no habló más.

Ya estábamos llegando a Santa Bárbara, todo dormido alrededor, solo se paseaba el aire fresco de la madrugada aprovechando su momento, porque cuando el astro rey hace gala, no hay más chance para el frescor sino para humedad y el calor sofocante de todos los días. Él no mencionó nuevamente el extraño episodio, nunca más desde aquel día.

Han pasado muchos años y han cambiado las cosas, no nos volvimos a ver, como tampoco pude ver o asegurarme de la veracidad de aquel fenómeno. El tiempo pasa y es como un efecto interruptor que alguien lo oprime y se transforma la luz en oscuridad. Hoy traigo a mi memoria el paisaje del Sur del Lago, sus garzas blancas, su sol de mediodía, su atardecer de venados.

A mis oídos llegan ecos del ritmo de una gaita en agosto o cualquier ritmo vallenato en ondas de radio que se escuchan en el occidente venezolano, ahora, precisamente ahora, cuando estoy lejos y vivo en tierras de Colón, pero no aquella del municipio, sino aquellas extranjeras, las del mismísimo Cristóbal Colón.●
 

 

 

 

 

 


“Parecía que se estaba cayendo un pedazo de luna en medio de la llanura”


 

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