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Día a Día

Laura Tirado / laurel40@hotmail.com :::::::::::

Very far from  
Después de muchas dudas -y gracias a mis amigos que me alentaron con toda clase de argumentos- decidí anotarme en una excursión cuyo principal objetivo era asistir al concierto de los Rolling Stones que se realizaría en Miami. Se trataba de una de las escalas correspondiente a “La gira de los 40 lengüetazos" (Forty Licks Tour).

¡Qué emoción! Ni yo misma me lo creía cuando abordé el avión rumbo a Estados Unidos, para luego alojarme en un exclusivo hotel ubicado en la no menos exclusiva zona de Coral Gables ¡Qué tal!

El martes 22 de octubre de 2002, en el Office Depot Center de Fort Lauderdale, me conté entre las cerca de 15.000 personas que presenciaron un concierto que quedaría para siempre en nuestra memoria.

Ya antes del espectáculo habíamos adquirido todo lo que tenía que ver con los Rolling: gorras, llaveros, franelas, pines, bandanas, etc. Dos horas después, en la salida, me alejé del grupo para comprar algo más para una amiga... Mala idea.

Perdí el autobús de regreso y de pronto me encontré sola, con un casi olvidado inglés de bachillerato, a las 11 de la noche y ni un alma por todo eso. Se me vino el mundo encima. Deambulé por los alrededores hasta que por fin, en los sótanos del local, encontré a un peruano que me ayudó a telefonear al hotel para pedir que me enviaran un taxi. Si lo mandaron nunca lo supe. Unos quince minutos después apareció un negrote detrás de un volante tratando de indicarme que ese era el taxi (¿?).

Encomendándome a todos los santos de mi infancia me subí asustadísima. Y el negrón hablaba y yo repasaba mentalmente los libros de inglés a ver qué le contestaba... Y el negro insistía y yo nada que entendía.

Pero eso no era lo único. El fatídico taxímetro era un arma letal. ¿Far from? preguntaba yo, a lo que el gigantesco chofer contestaba algo así como: ¡Uuuuh!, very far from. ¡Ay, mamá! pensaba yo y ahora ¿qué voy a hacer? Debo aclarar que yo me pagué el tour con un préstamo de la caja de ahorros y que apenas llevaba 200 dólares para gastos, con la esperanza de traer vuelto ¡Qué ilusa!

Para hacer esto corto les digo que una hora y media después llegué al hotel... Y el macabro taxímetro marcaba la bicoca de ¡87 dólares! Sí, señor, léase bien: 87 dólares. Jamás en mi vida había comprado yo, en Estados Unidos, algo tan caro.

Pero a nadie le falta Dios. Entre todos mis bolsillos reuní 74 de los verdes (¡gulp!), y entonces ¡milagro! apareció por la ventanilla la cara de uno de mis compañeros de viaje, preocupado por mí. ¡Vaya! Me prestó los 13 dólares restantes.

Al día siguiente me busqué un cajero automático, metí la tarjeta de crédito, saqué 100 dólares (pagué la deuda) y me mentí a mí misma: Aquí no ha pasado nada.●
 

 

 

 

 

 


“Dos horas después, en la salida, me alejé del grupo para comprar algo más para una amiga... Mala idea”

 

 


 

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