Después de muchas
dudas -y gracias a mis amigos que me alentaron con toda clase de
argumentos- decidí anotarme en una excursión cuyo principal objetivo
era asistir al concierto de los Rolling Stones que se realizaría en
Miami. Se trataba de una de las escalas correspondiente a “La gira
de los 40 lengüetazos" (Forty Licks Tour).
¡Qué emoción! Ni yo misma me lo creía cuando abordé el avión rumbo a
Estados Unidos, para luego alojarme en un exclusivo hotel ubicado en
la no menos exclusiva zona de Coral Gables ¡Qué tal!
El martes 22 de octubre de 2002, en el Office Depot Center de Fort
Lauderdale, me conté entre las cerca de 15.000 personas que
presenciaron un concierto que quedaría para siempre en nuestra
memoria.
Ya antes del espectáculo habíamos adquirido todo lo que tenía que
ver con los Rolling: gorras, llaveros, franelas, pines, bandanas,
etc. Dos horas después, en la salida, me alejé del grupo para
comprar algo más para una amiga... Mala idea.
Perdí el autobús de regreso y de pronto me encontré sola, con un
casi olvidado inglés de bachillerato, a las 11 de la noche y ni un
alma por todo eso. Se me vino el mundo encima. Deambulé por los
alrededores hasta que por fin, en los sótanos del local, encontré a
un peruano que me ayudó a telefonear al hotel para pedir que me
enviaran un taxi. Si lo mandaron nunca lo supe. Unos quince minutos
después apareció un negrote detrás de un volante tratando de
indicarme que ese era el taxi (¿?).
Encomendándome a todos los santos de mi infancia me subí
asustadísima. Y el negrón hablaba y yo repasaba mentalmente los
libros de inglés a ver qué le contestaba... Y el negro insistía y yo
nada que entendía.
Pero eso no era lo único. El fatídico taxímetro era un arma letal. ¿Far
from? preguntaba yo, a lo que el gigantesco chofer contestaba algo
así como: ¡Uuuuh!, very far from. ¡Ay, mamá! pensaba yo y ahora ¿qué
voy a hacer? Debo aclarar que yo me pagué el tour con un préstamo de
la caja de ahorros y que apenas llevaba 200 dólares para gastos, con
la esperanza de traer vuelto ¡Qué ilusa!
Para hacer esto corto les digo que una hora y media después llegué
al hotel... Y el macabro taxímetro marcaba la bicoca de ¡87 dólares!
Sí, señor, léase bien: 87 dólares. Jamás en mi vida había comprado
yo, en Estados Unidos, algo tan caro.
Pero a nadie le falta Dios. Entre todos mis bolsillos reuní 74 de
los verdes (¡gulp!), y entonces ¡milagro! apareció por la ventanilla
la cara de uno de mis compañeros de viaje, preocupado por mí. ¡Vaya!
Me prestó los 13 dólares restantes.
Al día siguiente me busqué un cajero automático, metí la tarjeta de
crédito, saqué 100 dólares (pagué la deuda) y me mentí a mí misma:
Aquí no ha pasado nada.● |
“Dos horas después, en la salida, me alejé del grupo para comprar
algo más para una amiga... Mala idea”
|