Aunque siempre he querido
viajar y conocer otras latitudes lejanas, nunca he tenido la “fortuna”
de
poder hacerlo. Y por tanto lo más lejos que he llegado es Margarita.
Sin embargo, una cosa graciosísima me ocurrió durante uno de
mis viajes a la isla.
Resulta que estaba yo de vacaciones con mis viejos en Juangriego y
por supuesto nos dedicamos a recorrer la isla, conocer sitios no
reseñados en mapa alguno y probar sus comidas típicas y esas cosas
al más apegado estilo de Valentina Quintero. Como todo expedicionista yo quise comprarme un mapita vial de esos que venden
en las estaciones de servicios, ya saben “para no perdernos” y la
verdad funcionó de maravilla, hasta cierto día en que a mi adorado
padre se le ocurrió imitar a unos turistas italianos y atragantarse
de parrilla de mariscos, en represalia conmigo porque imité a las
acompañantes de esos señores andando en topless por la playa de La
Bahía de Pedro González.
De hecho recuerdo que aquel atrevimiento de mi parte lo irritó
muchísimo, pues decía que a mí sí me iban a bucear porque era
negrita y se notaba que no era extranjera. Fue tanto el alboroto que
armó, que no solamente reventó el toldito de la playa y casi pierde
un dedo, sino que además en mis veintitantos años jamás lo había
visto alzársele a mi madre (en mi casa vivimos en el matriarcado más
fundamentalista por cierto) pues la doña, al vernos a mí y a las
turistas en cuestión exhibiendo cocos, manzanas y melones, se
entusiasmó y quiso mostrar sus, bueno, las ruinas que dejaron
el tiempo y las tres barrigas… En fin, el caso es que mi papi arrechísimo le dijo muy determinado: “¡Tú te quitas esa vaina, y nos
vamos ahorita mismo para Caracas!” y mi madre que es bien atravesada
pero inteligentísima, notó que hablaba en serio y se dio su puesto
de señora. Pero el caso es que a la hora de comer al señor le dio
por hartarse hasta reventar de mariscos... y tiene un estómago
delicado.
En fin, comimos y decidimos dar un paseo. Y viendo paisajes y
comprando souvenirs, nos hemos echado una perdida que yo juraba
que estábamos en Cubagua y habíamos encontrado un camino secreto. Yo
por supuesto me sentía la salvadora de la patria, pues tenía MI SUPER
MAPA y bueno iba por todo el camino “a la derecha”, a la izquierda,
dale derecho, etc… Cuando ya teníamos 2 o 3 horas dando
más vueltas que un biombo comienzo a notar que mi viejo se pone
pálido y nervioso, y sudaba… Mi mamá que tiene 35 años casada con él lo
conoce un poquitico y me dice entre clave y clave que mi papá se
está haciendo… Y yo me privo de la risa y comienzo a darme bomba
para verlo sufrir y divertirme con eso, después de todo estuvo bien
malcriado en la playita y se lo merecía. Mi madre muy
cómplicemente gozaba un puyero también y aquel pobre hombre pasando
más trabajo que garrapata en peluche...
Bueno, lo cierto es que en una lo hice meterse en una calle ciega
como 2 veces y, al darse cuenta de que lo estaba haciendo adrede, se ha
amotinado de tal manera que me arrancó el mapa de las manos y me
regañó como si yo tuviese 7 años... La verdad es que no recuerdo ya
cómo fue que llegamos al hotel, pero lo que sí jamás olvidaré es su
cara desesperada, sus ojos brotados y el estado de fetidez en el que
quedó la habitación una vez que llegamos… Lo cierto es que mi mami y
yo estuvimos a punto de alquilar otro cuarto, para pasar la noche
y así escapar del olor y poder reírnos tranquilas, porque hay que ver
qué angustiante es tener ganas de reírse de algo o de alguien y no
poder hacerlo… pareciera que las ganas de reír crecen aún más.● |
“Pero el caso es que a la hora de comer al señor le dio por hartarse
hasta reventar de mariscos y tiene un estómago delicado…”
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