Decenas de voces llaman a entrar a
las cientos de tiendas dispuestas en los vericuetos de la plaza
Djema el-Fna, en Marrakesh, Marruecos. Se apartan de su tradicional
árabe o bereber para despertar en otros idiomas –bien sea
castellano, inglés, francés, chino, japonés, hasta euskera- los
ímpetus consumistas de los visitantes. Al escuchar palabras
conocidas en nuestro idioma, indefectiblemente volteamos y allí
somos presa de estos ancestrales comerciantes, duchos en su arte.
Al pasar al interior de estas tiendas, que parecen ser apenas
tenderetes, se revela un mundo digno de los tesoros de Alí Baba.
Cientos de alfombras, pipas de agua para fumar, cajas decoradas,
joyas, espadas, instrumentos musicales hace casi imposible poder
fijar la vista en algo concreto.
Me llamó la atención una daga con incrustaciones de piedras de
colores y nácar. Al preguntar su costo –por supuesto que nada tiene
pegado una etiqueta con el precio-, se inició el ritual del regateo.
Hisham, el vendedor, me pregunta que cuánto quiero pagar. Le digo
una cifra en dirhams bastante baja. Se pone las manos en la cabeza y
me ametralla con una retahíla de cosas: que esa es una daga
antiquísima, que su precio cuadriplica el que yo le había ofrecido.
Después de unos cuantos intentos, no podemos llegar a un acuerdo,
así que –y esto también forma parte del ritual- me marcho de la
tienda, atravesando angostos pasillos repletos de maravillas, que
amenazan con sepultarme allí mismo.
Sale en mi búsqueda, calmamos un poco los ánimos y me ofrece té.
Según los musulmanes, la primera taza es suave como la vida, la
segunda dulce como el amor y la tercera amarga como la muerte. Casi
anochece y es a esta hora cuando la plaza cobra su mayor intensidad.
Comienzan a llegar grupos de música, contadores de leyendas las
cuales intuyo que son maravillosas y lamento no comprender su
idioma, encantadores de serpientes, escupe fuegos, malabaristas, más
hierbateros y médicos ambulantes que van con un modelo de plástico
del cuerpo humano y van señalando órganos y dolencias para las
cuales tienen el remedio perfecto.
El té, los aromas, los sonidos me transportan. Hisham me comienza a
hablar del Islam, de que todos provenimos de un mismo Dios, que si
abrazo esta religión tendré un vínculo directo con el creador, lo
cual me hará libre de cualquier servidumbre y podré armonizar con la
energía de todo el cosmos. Lo único que tengo que hacer inicialmente
para convertirme es decir que “hay un solo Dios –Alá- y Mahoma fue
su último profeta”. Lo repito y ahí estoy, en el corazón de
Marrakesh, convertida a musulmana.
Finalmente compré la daga pero mi condición musulmana duró poco. Al
llegar al hotel me tomé una cerveza y el alcohol prohibido me
devolvió a mi anterior estado pecaminoso, aunque sigo comulgando
internamente con la idea de esta paz cosmogónica que subyace en
todas y cada una de las creencias...● |
“Lo repito y ahí estoy, en el corazón de Marrakesh, convertida a
musulmana”
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