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Claudia Delgado Barrios / casiell@hotmail.com :::::::::::

Cómo me convertí en musulmana  
Decenas de voces llaman a entrar a las cientos de tiendas dispuestas en los vericuetos de la plaza Djema el-Fna, en Marrakesh, Marruecos. Se apartan de su tradicional árabe o bereber para despertar en otros idiomas –bien sea castellano, inglés, francés, chino, japonés, hasta euskera- los ímpetus consumistas de los visitantes. Al escuchar palabras conocidas en nuestro idioma, indefectiblemente volteamos y allí somos presa de estos ancestrales comerciantes, duchos en su arte.

Al pasar al interior de estas tiendas, que parecen ser apenas tenderetes, se revela un mundo digno de los tesoros de Alí Baba. Cientos de alfombras, pipas de agua para fumar, cajas decoradas, joyas, espadas, instrumentos musicales hace casi imposible poder fijar la vista en algo concreto.

Me llamó la atención una daga con incrustaciones de piedras de colores y nácar. Al preguntar su costo –por supuesto que nada tiene pegado una etiqueta con el precio-, se inició el ritual del regateo. Hisham, el vendedor, me pregunta que cuánto quiero pagar. Le digo una cifra en dirhams bastante baja. Se pone las manos en la cabeza y me ametralla con una retahíla de cosas: que esa es una daga antiquísima, que su precio cuadriplica el que yo le había ofrecido. Después de unos cuantos intentos, no podemos llegar a un acuerdo, así que –y esto también forma parte del ritual- me marcho de la tienda, atravesando angostos pasillos repletos de maravillas, que amenazan con sepultarme allí mismo.

Sale en mi búsqueda, calmamos un poco los ánimos y me ofrece té. Según los musulmanes, la primera taza es suave como la vida, la segunda dulce como el amor y la tercera amarga como la muerte. Casi anochece y es a esta hora cuando la plaza cobra su mayor intensidad. Comienzan a llegar grupos de música, contadores de leyendas las cuales intuyo que son maravillosas y lamento no comprender su idioma, encantadores de serpientes, escupe fuegos, malabaristas, más hierbateros y médicos ambulantes que van con un modelo de plástico del cuerpo humano y van señalando órganos y dolencias para las cuales tienen el remedio perfecto.

El té, los aromas, los sonidos me transportan. Hisham me comienza a hablar del Islam, de que todos provenimos de un mismo Dios, que si abrazo esta religión tendré un vínculo directo con el creador, lo cual me hará libre de cualquier servidumbre y podré armonizar con la energía de todo el cosmos. Lo único que tengo que hacer inicialmente para convertirme es decir que “hay un solo Dios –Alá- y Mahoma fue su último profeta”. Lo repito y ahí estoy, en el corazón de Marrakesh, convertida a musulmana.

Finalmente compré la daga pero mi condición musulmana duró poco. Al llegar al hotel me tomé una cerveza y el alcohol prohibido me devolvió a mi anterior estado pecaminoso, aunque sigo comulgando internamente con la idea de esta paz cosmogónica que subyace en todas y cada una de las creencias...●
 

 

 

 

 

 


“Lo repito y ahí estoy, en el corazón de Marrakesh, convertida a musulmana”


 

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