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| José
Repiso Moyano - Málaga joserepisomoyano@wanadoo.es |
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Joan era un niño que había sido ninguneado por sus padres, Esther y Jordi, quienes cometieron el delito de casarse por no estar solos y, en consecuencia, la descarga de frustraciones caía sobre el pobre Joan, cada vez más tímido, retraído y sumido en sus fantasías que le gratificaban como válvula de escape hacia un mundo más digno del que recibía. Además, tanto Esther como Jordi, tenían un complejo de superioridad donde no mediaba sino la miseria de sus acciones, desmedidas a la importancia real que presentaban y, por ello, caía sobre el pobre Joan una triste y burlada desprotección. Él era el "mierda" una y otra vez al menor intento de sobreexistir. - ¡Qué haces siempre viendo la televisión, mierda! -Le reprochó Esther-. - Mamá, yo quisiera ser Popeye, que tiene una fuerza sobrenatural. - Tú eres un niño cerrado de mollera, un tonto como tu padre. En su relación con los demás niños, con los del colegio, también estaba distraído, interiorizado en perseguir dotes más allá de lo humano, fuera del rol y de la servidumbre recurrida para presentarse simpático y superinteligente como los demás en una competición hipócrita. - Tú, cuando seas mayor, ¿qué quisieras ser? -le preguntó el maestro socarrón que muchas veces se metía con él. - Un aventurero, como Huck Finn, que en el día a día sea libre..., libre -en la clase todos se rieron a grandes y ruidosas carcajadas. Un día estuvo muy decaído y algo enfadado. Pero cuando llegó la noche y la hora de dormir, algo le esperaba. En esa precisa noche tuvo un sueño para contar. En él un extraño ser, Kor, insistió en ser su amigo y le habló muy tiernamente de la esperanza y del valor de soñar; luego le concedió con su magia la capacidad de la telepatía, así podría extraer de cada ser humano -de los que tratara- lo mejor de sus pensamientos y gestar una personalidad más original y sabia de la que se sentiría orgulloso. Cuando se despertó y se preparaba para ir a la escuela, él no creía lo que le había sucedido. "Es un sueño" se decía pero con algo de esperanza, de esperanza por probar, por probar. Entonces, empezando por el colegio, tuvo la oportunidad de intentarlo con el maestro; ¡ah!, pero su cabeza estaba llena de las envidias que le reconcomían poco a poco y le esquilmaban sus valores de enseñanza, en las cuales verdaderamente no creía ni había creído nunca. Luego probó con el director del colegio, quien resultó ser un inextricable laberinto de apetitos sexuales y que, de vez en cuando, también engañaba a su esposa frecuentando los suburbios del sexo. Resultó decepcionante, poco de lo que deseaba aprendió; aunque sí, aprendió a valorarse más, a saber que viendo todo aquello irremediablemente él guardaría su intimidad con más orgullo, como un sueño, como un "modus vivendi" de su corazón. Y maravilló el reírse, el distender la burla que le acechaba tanto y el orientarse hacia las fantasías que amaba. Por ello, escribió sensación a sensación historias como ésta, mirando con sus ojos buenos, pasando por alto esas prisas y esa soberbia praxis del discurrir diario, haciendo amigos por cartas, con otros como él, de México, de Argentina, de Venezuela, etc. Sus padres seguían infravalorándolo, pero él se adentraba en sus aventuras, en su silente permanecer abstraído a trasmano de las marionetas de tantas miserias de superioridad de unos sobre otros. Sin tapujos, él no fue un vencedor al uso y costumbre de aquella época, pero no fue un conejillo de indias de nadie, ni un continuista de los intereses creados, porque cogió otras vicisitudes, porque se dedicó a su guarida de otras esperanzas, porque aquel "supermierda" que le inscribieron no le importaba, no, ya que quizás era un supermierda que pocos o muy pocos podrían comprender. Así que, él, no abrió la llave de paso equivocada, sino la de la utopía, esa, la de su irrestringible libertad. |
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