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Post Mortem

 
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Mirangie Alayón
lgoodiva@hotmail.com
 

 

El maldito reloj suena otra vez a las 6:17 AM, como si por algún artificio desconocido Alex estuviera destinado a morir de un ataque cardíaco causado por un traste negro y polvoriento marca Sony. Nunca puede conciliar el sueño luego de escuchar aquel chillido que lo suele despertar a las horas más ingratas de la madrugada, haciendo caso omiso a programaciones de alarma y botones de apagado. Lo de este despertador ya es un asunto personal contra él.

Suspira y ve hacia el techo, resignado a su suerte y maquinando la mejor forma de aprovechar la hora extra de vigilia. Es muy temprano para levantarse, muy tarde para intentar dormir de nuevo y casi imposible salir de la cama. Es entonces cuando ve a Sandra descansando plácidamente a su lado, hermosa y sin sospecha alguna del plan nefasto del despertador.

Estira un brazo y acaricia su cabello rizo por rizo, como si los dibujara con los dedos. Luego va trazando líneas imaginarias por su nuca y hombros hasta tropezarse con la tinta negra indeleble en forma de dragón que tiene en la espalda. Con una sonrisa, Alex recuerda el día en que Sandra adquirió la marca. Nunca la había visto tan feliz, considerando que le clavaban una aguja en la espalda repetidamente. Aquello fue un capricho nada kosher para la hija más joven de los siempre correctos Levy.

Casi por reflejo, se inclina hacia ella y besa la cola del dragón, deseando causar un escalofrío. Pero Sandra sigue inerte a sus avances y aunque quiera insistir, Alex se conforma con verla dormir, vulnerable y sensual. Casi siempre es mejor ser un voyeur en mañanas como estas que cerrar los ojos por unos minutos de falso descanso.

Eugenio Núñez, un oficial de zapatos viejos impecablemente pulidos, le toca un hombro, informándole que debe acompañarlo a la comisaría, esfumando a Sandra de sus pensamientos. Le tiende la mano para ayudarlo a levantarse de la acera antes de acompañarlo a la patrulla y alejarlo del bullicio de desconocidos y vecinos que rodean su casa.

"Cuidado con la cabeza, señor Katz".

En el scanner de la patrulla, el Detective Barone solicita la presencia de investigadores forenses para examinar la escena.

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"Señor Katz, mi nombre es Giovanni Barone y soy el detective encargado de la investigación".

Ya es la 1:30 de la madrugada, y Barone siempre prolonga este momento hasta que no puede darle más largas. Muchas veces se ha preguntado si es mejor ser el médico que le informa a los familiares que hizo lo mejor que pudo. Incluso embalsamar un cadáver debe ser una labor más digna que buscar respuestas del esposo de la última víctima de la noche anterior, una joven pelirroja de 29 años sin ningún tipo de antecedente médico que justifique su muerte repentina. Sin dar más rodeos, apaga la colilla en el suelo dispuesto a comprobar si el tipo sentado frente a la mesa de interrogatorios es un antecedente médico.

Se sienta y hojea con paciencia la declaración de Alex. Es un hombre joven. Con sólo 32 años, es un gerente de proyectos de Zitromax, la compañía de telecomunicaciones. Exitoso, además. Lo que pudo ver de su casa le dice que no se preocupaba por hurgar en los bolsillos dos días antes de la quincena. Además está bien vestido, pese a que está desarreglado, despeinado y sin afeitar. Barone no puede siquiera imaginar el desorden que está debajo de todo eso.

Alex pasa de ser culpable a probable sospechoso en el transcurso de las siguientes 12 horas. El interrogatorio es sombrío, y ni siquiera el horrendo café de la estación de policía logra devolverle la sensación de realidad. Con la mirada perdida, deambula entre el plástico de las sillas buscándole respuesta al vacío que lo invade. No quiere irse a casa.

Barone sólo necesita una última prueba para dejarlo ir, y en la madrugada del segundo día, la técnico de laboratorio se acerca al detective. "Aquí están tus resultados. El reloj del examen pélvico confirma que no hubo ataque sexual. El ADN corresponde al esposo. Sólo tuvo relaciones sexuales con ella antes de irse a trabajar. Lo siento".

"No, María. Yo lo siento".

Barone revisa los detalles esenciales hasta que se tropieza con un dato improbable. No hay forma delicada de decir lo que debe decirle a Alex Katz, quien juega con las colillas del cenicero del pasillo.

"¿Aún aquí, Katz? Tiene que irse a su casa a descansar".

"Sólo dígame cómo pasó esto".

Barone siente deseos de retroceder el tiempo.

"En un momento. Núñez, lleve al señor Katz a su casa cuando termine de informarle los resultados de la autopsia".

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El Oficial Núñez cierra la puerta de la patrulla detrás de mí, deseándome un buen día. Quisiera sonreírle con ironía y darle las gracias por traerme a casa, pero las cintas amarillas con las palabras "escena del crimen" y "no pase" alrededor de mi casa me distraen. ¿Dónde estoy? ¿Es esta mi casa? ¿De verdad pasó todo esto? No quiero entrar. No quiero ver que ella no está. No quiero.

Pocos minutos después las bisagras de la puerta principal rechinan cuando entro. Es tarde, no hay luces encendidas y no puedo dar otro paso. Frente a mí pasan de nuevo las imágenes de los últimos dos días. Se repiten sin fin hasta aturdirme y derretirme contra la puerta sollozando por la injusticia de mi situación. No debía haber terminado así. No así.

La policía sólo me dijo que el resultado de la autopsia había sido muerte natural. "Muerte súbita de origen cardíaco". El corazón de Sandra se había detenido, había dejado de latir por voluntad propia. Sin drama, sin avisos, sin despedidas.

"Ya puede irse a casa, señor Katz. Sabemos que ha sido demasiado tiempo para usted, pero necesitábamos estar seguros de que usted no era el responsable de la muerte de su esposa," dijeron.

Pero ellos no sabían nada. La autopsia no decía nada. Ni siquiera el Detective Barone lo vio. Ella estaba viva.

El reporte policial no me dice lo tibia que Sandra se sentía cuando me levanté esa mañana; cuán suave y cálida estaba debajo de las cobijas. Tampoco me dice cómo rodó sobre su espalda, dejando el cabello regado sobre la almohada cuando la acaricié, su cabeza ladeada hacia uno de sus hombros. Su piel matutina siempre estaba tibia, como la arena en sus pies mientras veía los atardeceres caribeños en nuestra luna de miel. Esa mañana el sol pasó a través de las cortinas azules, tornando su piel azul. Tornando sus labios azules. Resaltando sus largas pestañas, acariciando cada pómulo. Iluminando su sonrisa breve y tranquila.

Aún medio dormido, la tomé por la nuca y la besé, sintiéndola dócil y relajada, mientras saboreaba la suavidad de sus labios, le subí la bata de dormir hasta la cintura – parecía que sus piernas se separaban naturalmente. Mi mano la encontró dispuesta y húmeda.

La penetré suavemente mientras olía su cabello. Quería hacerle el amor sin prisas y sentir cómo su calor se apoderaba de mí, pero al ver sus senos moverse al ritmo de mis caderas, mi deseo se volvía más feroz y primitivo. Sandra se veía hermosa, con los rizos traviesos sobre el rostro, y se dejaba poseer como si nunca antes me hubiese sentido. Sus labios estaban entreabiertos y su cuello formaba un arco de piel pálida que me invitaba a probarlo.

Cuando su cabeza se echo hacia atrás en un gesto de placer, sabía que debía aumentar mi intensidad. Estaba cerca, demasiado cerca. Sus muslos acariciaban mis piernas bajo las sábanas y podía sentirla más líquida y caliente que nunca. Segundos después gemía su nombre mientras todo mi cuerpo se estremecía sobre ella.

Se veía hermosa. Estaba viva.

El forense tiene que haberse equivocado... esa mañana Sandra hizo el amor conmigo. Lo que ellos dicen es imposible. "Muerte súbita de origen cardíaco. Hora aproximada del deceso: 02:30 horas. Presencia de fluido seminal demuestra contacto sexual post mortem".

Post mortem.

Cierro los ojos y por más que intento, la recuerdo viva. Recuerdo su sabor, el olor de su cuello y la palidez de su rostro.

Sus labios azules.

Me sostengo del piso para evitar tambalearme. No puedo respirar. El café quemado de la comisaría quiere salir por mi boca y corro torpemente hacia la cocina casi sin aliento.

Estaba muerta.

Termino nuevamente en el frío piso de mármol, asqueado y avergonzado por mí mismo. A lo lejos, el despertador está sonando.


 

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