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Sueños premonitorios

 
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Olivia Villoria Quijada - Psicóloga
oliviavilloria@cantv.net
 

 

Gustavo, el esposo de Cecilia, murió cuando nadie lo esperaba. Era un hombre de aspecto saludable, atlético, de vitalidad exuberante, pero un infarto se lo llevó para siempre. “Yo sabía que iba a morir”, me dijo ella cuando fui a acompañarla en sus sentimientos, con una expresión de serenidad tan acentuada que armonizaba con la marcada belleza de su rostro.

- ¿Qué estás diciendo?, le pregunté sorprendida, ¿acaso Gustavo estaba enfermo?

Luego de mirar de un lado a otro para asegurarse de que más nadie la estaba oyendo, respondió: “No, vale, él no estaba enfermo pero mi padre, muerto hace cinco años, me lo avisó en un sueño”.

Ella captó mi gesto de estupor pues añadió, como tratando de convencerme: “Sí, Gladys, soñé que yo estaba trabajando en la biblioteca cuando mi padre cayó del cielo, vestido de negro, y pasó a mi lado sin mirarme, como quien lleva prisa. Fue a la habitación a buscar a Gustavo pero como éste no quiso acompañarlo mi padre se fue, como hacen los fantasmas, atravesando la puerta principal de mi casa”.

Hizo una pausa y continuó: “Pero esta vez sí tomé previsiones, ¿sabes?, revisé nuestro seguro funerario, actualicé el seguro de vida, compré varios trajes negros”.

Dios mío ¿qué tendrá que ver un sueño con la realidad de la muerte de Gustavo? me pregunté yo, bastante preocupada. Sin duda Cecilia estaba muy afectada, pero ella siempre fue tan extraña. Recuerdo que de niña se decía que tenía facultades paranormales, o era psicótica, ¿qué sé yo? Sensible e impresionable, le fascinaba escuchar los relatos de aparecidos que acostumbraba narrar su mamá. Por lo general estaba a solas, con sus sueños y fantasías, pero en las noches de insomnio -según me contó- recibía la visita de los espíritus; ellos se acostaban en su cama, le hablaban en voz baja al oído, caminaban ruidosamente por los largos corredores de la casa. Se hicieron tan amigos que los echó de menos cuando ella tuvo que mudarse.

Cecilia interrumpió mis cavilaciones para proseguir: “Pareciera que me está dado anticipar la muerte. En una oportunidad soñé que salía en el periódico la noticia sobre la muerte de mi abuelo. Otro día soñé que en un trágico accidente fallecía una íntima amiga. Yo no sé cómo puede explicarse esto pero lo cierto es que todas estas premoniciones se cumplieron... Pero no me mires así porque yo no estoy loca”, me advirtió en un tono algo altanero.

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Ayer me visitó Cecilia, luego de varios meses de la partida de su esposo. El tono rosa de sus mejillas había desaparecido, sus labios habían perdido el color, profundas ojeras surcaban sus ojos... ¡Parecía muerta de miedo!

-Mujer, ¿qué te pasó? -le pregunté con los ojos desorbitados por la impresión, al abrir la puerta de mi casa-.

-Hace cuatro días soñé que estaba durmiendo -me dijo con voz temblorosa-. De pronto mi alma salió del cuerpo, ascendió como dos metros, y me contemplaba desde arriba. ¡Coño, estoy muerta!, grité aterrada.

Guardó silencio unos segundos, me agarró fuertemente la mano y dijo: “Desde ese día no duermo porque no quiero seguir soñando... ¡Lo que pasa es que yo no me quiero morir todavía!”, ... y rompió a llorar.


 

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