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Eternos amantes

 
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Roberto Malaver
robertomalaver@cantv.net
 

 

En Taringa, el pueblo donde la gente vive del chisme, el gobierno decidió crear dos plazas públicas: La Plaza Aristócrato Monge -héroe caído una tarde en duelo verbal contra su compadre Eufrades Montiel- y la Plaza Marionza de León -heroína del chisme en el pueblo y que murió soltera y de un infarto.

En la Plaza Aristócrato Monge hay muchos bancos y muchos árboles. La gente se encuentra allí, se saluda y se sienta a darle a la lengua hasta que se cansan y quedan de verse al otro día. Mientras, desde su pedestal, Aristócrato, de cuerpo entero y en liquiliqui, los observa a todos en silencio.

Más allá, está la Plaza Marionza de León. También hay muchos bancos y árboles. Allí los vecinos se encuentran y celebran la vida. Hablan mal de todo el mundo, incluso de ellos mismos, y luego se van a dormir para soñar que siguen hablando mal de la gente.

En Taringa la gente se pica por cualquier cosa. Y hablan. Y hablan.

Sin embargo, lo mejor que pasa en el pueblo, no lo sabe nadie. La gente vive contando chismes y no se ha dado cuenta de lo que está pasando todas las madrugadas en Taringa.

En la madrugada, cuando todos los taringueros duermen, Aristócrato Monge baja de su pedestal en su plaza, y lentamente se dirige a la Plaza Marionza. Y allí lo está esperando ella, Marionza, con ansias, con deseos.

Marionza lo ve venir y baja de su pedestal, los dos abren los brazos y se besan, se toman de las manos y caminan hasta un banco de la plaza. Allí hablan de la gente del pueblo. De lo que dicen. De quién hablan mal. Y mientras se ríen, se besan, se acarician, y Aristócrato, como siempre, maldice al escultor que le puso ese liquiliqui que le impide hacerle el amor a Marionza, pero ella tampoco podría, porque tiene un traje típico del pueblo de Taringa que es completamente cerrado.

Aristócrato le acaricia los senos por encima del traje típico y ella le acaricia la entrepierna. Y así están un buen rato hasta que muertos de excitación, deciden volver otra vez, como todas las noches, cada uno a su plaza.

Otras veces han discutido la posibilidad de abandonar el pueblo, pero luego desisten, porque no se acostumbrarían en otro lado.

Marionza y Aristócrato han visto y escuchado a muchas generaciones de taringueros. Y ya se han acostumbrado a vivir de esa manera. Hasta el momento, asombra, que en un lugar tan chismoso como ese, nadie se haya dado cuenta de que las dos estatuas del pueblo, desde hace muchos años, se han convertido en amantes eternos.


 

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