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El armario

 
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Laura Tirado
laurel40@hotmail.com
 

 

Esta historia es realmente impresionante: Hace un tiempo conocí, en una tienda de antigüedades, a un tipo hijo de europeos, de unos 34 años. Yo estaba tratando de vender una vitrina que heredé de mi mamá y él estaba tras la pista de un ropero del siglo XVI que, según me dijo, había estado cambiando de dueño con inusitada frecuencia.

Total que hicimos buenas migas y quedamos en vernos de nuevo. Con el tiempo llegamos a tener largas tertulias y me impresionaba su amplio conocimiento sobre muebles antiguos, además de su asombrosa memoria para fechas y estilos.

Por fin llegó el momento de contarme la historia del armario que con tanto afán buscaba. Se trataba de un fino mueble de ébano, de la época del renacimiento italiano, construido especialmente para una acaudalada dama de sociedad.

Se decía que esta refinada mujer escondía a sus amantes en el armario cuando escuchaba aproximarse a su marido. El caso es que los hombres escondidos no volvían a aparecer. Dado el carácter oculto de esas citas amorosas, nadie sabía -ni preguntaba- acerca del paradero de los desaparecidos.

Por eso es que el armario cambió de propietaria tantas veces: había que deshacerse rápidamente del mueble para no levantar sospechas.

- Hasta que el famoso ropero fue a parar a un teatro argentino, dijo mi amigo.

Se enteró de que el día del estreno se armó un gran escándalo, ya que el final de la obra (cuyo nombre desconocía) contemplaba que dos amigos entraran al particular ropero para emprender un viaje hacia quién sabe dónde.

Todos los periódicos reseñaron el acontecimiento y las autoridades locales comenzaron las investigaciones, posteriormente infructuosas, pues no se llegó más allá del descubrimiento de algunas cartas conservadas por damas de compañía de las licenciosas mujeres de otros tiempos.

He aquí que mi recién conocido anticuario se hizo con las misteriosas epístolas para agregarlas a unas amarillentas facturas que había obtenido en un largo peregrinar por Europa.

El otro detalle era que el fantástico armario sólo tragaba hombres, aunque la verdad es que, hasta ahora, no había pruebas acerca de si alguna mujer se había refugiado en él. Por lo que el real interés de nuestro detective era responder esa interrogante: Temblé ante tal posibilidad y dejé de verlo.

Más tarde supe que el hombre había conseguido pistas concretas en Bogotá. Y hacia allá viajó. Curiosa, sin que él supiera, le seguí el rastro. ¿Adivinan?

Dejó una brevísima carta donde contaba que no iba a perder la oportunidad de entrar al armario y, además, pedía que se relatara esta historia.


 

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