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| Denis
Rodríguez M. drrodrig@cantv.net |
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Uno de los cuentos
más fantásticos que me contaron -y viví en mi infancia-
lo relató un familiar, que por razones obvias nombraré:
Tedy. A la edad de once años, el nombre y la figura de ese animal marino me provocaba mucho miedo. Hasta que mi primo Tedy, de mi misma edad, más inteligente, más creativo, y un año más avanzado en la educación que yo, me contó que en el Liceo donde estudiaba había un pulpo y lo interesante del cuento era que a él le tocaba dormirlo cada semana, cuando tenía laboratorio de biología. Mi primo empezó a estudiar bachillerato en Caracas, estuvo pocos días, pero fueron suficientes para hacer muchas hazañas fantásticas en el río Guaire. Luego se cambió para un liceo de Margarita donde estaba el pulpo, con sus ocho brazos, con ventosas y galones de pintura negra. Han pasado cuarenta años y aún recuerdo a Tedy decir -mientras que hermanos y primos escuchábamos boquiabiertos- "un pulpo arrecho es más peligroso que una mantarraya y un tiburón juntos". Me imaginaba a mi primo Tedy, con escafandra, de vestimenta impermeable, con casco de bronce provisto de vidrio para ver bajo el agua, atado a tubos para renovar el aire, con una gran inyectadora, bajar a la profundidad de un gran estanque de agua salada, dar una especie de rodeo para ver en que condición estaba el pulpo, hacer movimientos ágiles, esquivando los ochos tentáculos, hasta lograr el cometido de inyectar al pulpo en el cuerpo, no en los brazos (en esto mi primo hacía énfasis) y luego subir a la superficie, orondo, feliz, donde seguramente las muchachas más bonitas del Liceo lo estarían esperando para aplaudirlo y darle otras atenciones. Por supuesto, después de este ejercicio de imaginación, sentía envidia y admiración por mi primo Tedy. Ese año que mi primo estudió en Margarita, en época de vacaciones yo lo buscaba para preguntarle por la salud del pulpo y él narraba nuevamente con lujo de detalles su actuación, que cada vez era más difícil pero donde siempre él salía victorioso. Yo quedaba como si hubiera visto una película de acción donde el protagonista era Tedy. Salí de la primaria y mis padres me enviaron a estudiar a Margarita. Por casualidades de la vida al no conseguirme cupo en el liceo donde ya estudiaba mi hermano Aníbal, fui inscrito en el liceo donde estudió Tedy. Este se había cambiado ya. Pensé: a lo mejor fue por estar cansado de inyectar al pulpo y quería emprender nuevas aventuras, cosa que en el fondo comprendí y, como tenía meses preparándome mentalmente en caso de que me dieran la misión de inyectar al pulpo, me sentí con la esperanza de ser el nuevo muchacho de la película y me imaginé rodeado de las estudiantes más lindas. El primer día de clases amanecí en la puerta del liceo, la primera impresión que me llevé, fue que este era muy pobre (hoy sostengo que fue el mejor liceo de los dos donde estudié). Cuando abrieron las puertas entré corriendo, quería llegar rápido al estanque donde estaba el pulpo. Las instalaciones -tres casas acondicionadas- se parecían a los hogares de mi pueblo: cuartos pegados que constituían los salones y laboratorios. Busque el de biología, ayudado por un bedel, abrimos la puerta y no vi ningún estanque por ningún lado, sólo estantes donde se apoyaban unos frascos grandes tipo mayonesa con culebritas, pescaditos, ranitas y otros animalitos disecados flotando en alcohol. Decepcionado por no ver al pulpo, pregunté por él. Marcos, el bedel, me contestó: "Si preguntas por el pulpito de Tedy, se lo comió a la vinagreta. Fue lo último que hizo antes irse del liceo, sólo quedó el frasco vacío". Vi el pequeño frasco que aún tenía pegado el rótulo donde decía "pulpo" y la verdad es que me sentí muy triste, quise contarle el cuento fantástico de Tedy a Gustavo y a Roberto, pero cada uno de ellos tenía un cuento de él, tanto o más fantástico que el mío. Ese día nos comprometimos que algún día escribiríamos un libro -o varios- con los cuentos de Tedy y a lo mejor nos haríamos ricos. |
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