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¡Feliz año!

 
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Laura Tirado
laurel40@hotmail.com
 

 

Los fines de año han sido poco tradicionales en la historia de mi pequeña familia. Durante mis primeros años de vida, mi mamá y sus dos niñas vivíamos en la casa de su tía-abuela. Y recuerdo que se lloraba mucho la noche de Año Nuevo debido a los familiares muertos.

Cuando mi joven madre agarró sus cachachás para montar tienda aparte, decretó que no habría más lágrimas los 31 de diciembre. ¡Muy bien!

Por cosas de la vida, la hija mayor resultó jaquecosa, por lo que puedo decir que mi primera juventud transcurrió animada con este susurro: “¡Shhhhhh!, tu hermana tiene dolor de cabeza”. Así que no era de extrañar que ella se fuera a dormir las noches del 31, argumentando que no iba a abrazar a “los negros del bloque”. Entonces, sólo mi mamá y yo abríamos la puerta para darle el feliz año a todos los vecinos.

Pasado el tiempo y no habiendo pequeños en la familia, la Navidad y el Año Nuevo se convirtieron en una excusa para rumbear. Sin tristeza, sin grandes cenas (la joven madre no hacía hallacas, sino torta negra) y nada de tradición circunspecta.

Por eso, cuando me empaté con Euclides María, agarramos la costumbre de pasar esas fechas en el Hilton o en el Tamanaco (¡Oh!, la gran vida de la Venezuela saudita).

Años después, cuando me mudé con Simón del Valle, formamos un grupo con los vecinos del edificio y recibíamos el nuevo año en las llamadas áreas comunes, lo cual era bien sabroso. Incluso, el año en que murió la ya no tan joven madre, su nieta adolescente pasó las fiestas decembrinas con sus amigos... en Miami.

Actualmente, debido a la radicalización de las ideas, Jesús Nicasio y yo lo pasamos solos: los de un bando se van de viaje y los del otro... no nos invitan.


 

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