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| Olivia
Villoria Quijada - Psicóloga oliviavilloria@cantv.net |
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Aunque la Navidad trae a veces vientos de nostalgia, generalmente la asociamos con alegría, con regalos, con bendiciones. Es así porque ella es un tiempo para los niños, no sólo para las personas de edad infantil sino para el niño que todos tenemos dentro. Cuando yo era niña, en mi casa los regalos del 24 de diciembre no los traía San Nicolás, ni Santa Claus o Papá Noel, sino el Niño Jesús, lo que le hace justicia al Señor porque es su nacimiento el que celebramos. Recuerdo un año en que mis padres hicieron tarde las compras y no colocaron los regalos en nuestros zapatos, al pie de la cama, como solían hacer. Al despertarnos ilusionados, nos dimos cuenta de algo doloroso: ¡El Niño Jesús no nos había traído nada! Mi papá nos dijo: “Anoche yo vi una luz brillante en el cielo, que se posó sobre la última habitación de la casa”. Hacia allá corrimos los siete hermanos y ¡sorpresa! ahí estaban nuestros juguetes. ¿El regalo que recuerdo con más amor? Un precioso juego de té chino. ¿El regalo que pedí y nunca me trajo? Una pelota de volibol. Total, yo nunca fui, ni soy, diestra para los deportes... pero tampoco para la cocina. En esa época, cuando nos enterábamos de que no era el Niño Jesús quien traía los regalos, sentíamos una mezcla de desilusión y orgullo. Como esta información la revelaban nuestros padres cuando teníamos cierta edad (siempre con el encargo de no decirlo a los más pequeños), tal confidencia demostraba, no sólo complicidad, sino la creencia de que ya éramos lo suficientemente maduros como para guardar el secreto paterno. Por mis padres supe la verdad alrededor de los 12 años, pero ya mis amiguitos se habían encargado de hacérmelo saber. De un tiempo para acá hacemos intercambio de regalos; los colocamos en el árbol de navidad y, después de las 12 de la noche, procedemos a abrirlos. Guiados por un sentido práctico, cada quien elabora previamente una breve lista de lo que le gustaría recibir. Sí, a la manera de una lista de bodas. Como este procedimiento admite pocas sorpresas, entregamos primero un regalo “de embuste” y luego el “verdadero”, para bromear unos con otros a costa de las chascos que recibimos. Recuerdo, por ejemplo, la risa nerviosa de mi sobrino cuando le entregaron una camisa usada en lugar de la bella camisa que había pedido; pienso en la cara de mi hermano cuando abrió la caja con un perfume “chimbo” en vez de la colonia francesa que solicitó; recuerdo a mi hermana diciendo ¡qué bonita! (con evidente rostro de decepción) al serle entregada una pulsera rota en vez de la pulsera de oro que deseaba. En fin, las maneras de divertirse son múltiples, pero el objetivo es uno solo: celebrar juntos un día tan especial. ¡FELIZ NAVIDAD! |
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