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"El Gordo de Navidad"

 
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Claudia Delgado Barrios
casiell@hotmail.com
 

 

En Venezuela uno se va dando cuenta que “El Año está por terminar”, como dice la canción, justamente por las gaitas que dan luz verde para entregarse a los excesos navideños. Cuando se vive fuera son otros los indicios que le señalan a uno que el tiempo pasa. El cambio de estación no puede ser ignorado por los huesos. El frío, la lluvia y la transformación de los árboles, cuyas hojas dan su último aliento con una gama intensa de rojos y amarillos, dan fe de que ya estamos a un paso de la culminación de un año más -o uno menos según se prefiera-.

Ya en noviembre amanece después de las ocho de la mañana y anochece antes de las seis. Las horas de luz son cortas y el sol se convierte en un preciado regalo cuando aparece. La rutina diaria cambia amenazada por los filos del frío. Sin embargo, todas estas señales se quedan cortas para anunciar el fin de año. Lo que en España marca la pauta definitiva es la venta de “El Gordo de Navidad”. No se trata de San Nicolás ni mucho menos, sino de los millones de cupones de la lotería de Navidad -“El Gordo”-, que comienzan a tapizar paredes de bares y cafeterías.

Los compañeros de oficina, las familias, los amigos se organizan para comprar los billeticos que les podría convertir en millonarios -el mejor regalo para estas fechas y cualquier otra-. Algunos van haciendo una especie de vaca semanal, otros ponen de una sola vez todo el dinero, hay quienes encargan a conocidos que les compren en diferentes sitios de España para no dejar que la suerte se escape o como dice el eslogan de la propaganda “que la suerte te acompañe”. Aunque me he negado a caer en tal tentación, confieso que he sucumbido y he terminado con varios papelitos adquiridos en otros lugares pero nada que me “acompaña”.

Las agencias de lotería que han tenido la suerte de premiar en alguna ocasión colocan grandes carteles a sus puertas: “aquí tocó el Gordo de 1999” y seguro que será su mejor anuncio, las largas colas a sus puertas lo demuestran. En algunos sitios concurridos y al acercarse la fecha del ansiado sorteo, filas de mujeres desafían las bajas temperaturas, ponen sus mesitas con los cupones y vociferan que tienen el número ganador.

En las reuniones navideñas -sin gaitas por supuesto-, donde se sirve marisco y, si hay dinero, gulas -pues el kilogramo cuesta una fortuna, mientras yo imagino cómo sería una hallaca de estos pescaditos minúsculos que más parecen unos gusanos- siempre surge la pregunta “¿dónde tocará El Gordo este año?”, mientras cada uno va tejiendo sus sueños de riqueza.

Niños cuidadosamente seleccionados y entrenados que se encargan de cantar los números premiados. Con sus voces de corneta y con una ensayada y particular cadencia van revelando los aciertos -entendí porqué se dice eso de cantar los números-. Los equipos de televisión vuelan a entrevistar a los afortunados ganadores bañándose en champaña. Entretanto, nosotros, la mayoría, arrugamos nuestros billeticos pero igual nos alegramos por la suerte de otros. Como decía mi abuelo “este es el último año que pasamos limpios”.


 

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