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Navidad con lechina

 
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Fernando Peñalver
rebotero@yahoo.com
 

 

Sucedió hace como 30 años, en plena Venezuela saudita, o sea el imperio del derroche a decir basta. Yo vivía en Viste Alegre, una urbanización casi perfecta donde convivía la clase media emergente con la godarría de las Colinas y los derrumbes de los ranchos en la avenida Morán.

El país era una locura, sus navidades también: las caderas se movían al ritmo de la Billo's Caracas Boys, el negro Oscar y la Dimensión Latina, y la eterna voz del monumental Ricardo Aguirre.

Para quienes lean estas líneas y vivieron allí, les vendrá un golpe en lo más genuino de la nostalgia cuando invoquen a la Pizzería Dixie, regentada por dos hermanos buena gente, Nicola y Víctor, amigos que jamás he vuelto a ver. ¿Qué se habrán hecho?. Con excelente sentido comercial, sus añoradas hamburguesas (¡más sabrosas que las del mismísimo Pilón!) nunca se quedaron frías, ya que todas las noches presentaban un grupo de gaitas, música que yo escuchaba entre suspiros desde el balcón de mi casa.

Si no lo dije, yo fui un chamo criado en apartamento. Primero, veía carros ir y venir en la avenida Baralt, en la esquina de Balconcito. Luego, vino la mudanza al pedazo de cielo al que todos tenemos derecho en la vida, donde conocí más tarde de lo bueno y de lo malo, fueteado por esa maestra tan severa que es la calle.

A estas alturas del partido, si cierro los ojos, la primera imagen que me viene es verme recién saliendo de la lechina, una de las enfermedades eruptivas impepinables entre los chamos de Venezuela. Y conmigo, llenitos de pepitas, dos de las personas que más quiero y de las que tanto he aprendido: mis hermanos Clare y Alí Rafael. Ojo, tengo 11 hermanos más que me dan la estatura de ser el más grande, pero eso es otra historia.

Mamá trató que pasáramos unas navidades lo más felices posible, en aquel fastidio del encierro obligado. No podíamos salir a jugar con nuestros amiguitos, ni ellos venir, o sea que muchos de los juegos quedaron entre tres, que peleábamos por "quítame esas pajas", pero que al final el amor terminaba ganando la partida.

El día de viejo año fue el más duro de todos: recuerdo que mi tía Elena organizaba una de sus legendarias fiestas en el piso cuatro, donde hasta el gato se moría por estar en la partida. En realidad mi tía Elena era mi tía abuela, pero esos ojazos verdes no sabían de protocolos y siempre nos recibió de buena gana en su casa. Eran fiestas donde no faltaba la comida, "Juanito el Caminante" estaba garantizado y la música era de lo mejor.

Yo me moría por bajar, por estar cerca de esa balumba de vecinos esperando que el año nuevo les regalara “una chiva, una mula negra, una buena casa y una buena suegra”, como sentencia la guaracha.

Cuando faltaban “cinco pá las doce”, estábamos mamá, mis hermanos y yo esperando que el año viejo se fuera con esa piquiña tan fastidiosa, que no pocas marcas habría de dejar en nuestros cuerpecitos.

Y sucedió el milagro hace 30 años. En la calidez de la mesita de la cocina, brindando con colita y Pepsicola, tuve la certeza que mamá siempre estaría para lo que saliera, más allá de sus ganas por irse a bailar, postergando una vez más su juventud.

Que todos sabíamos que la solidaridad y el amor de nuestra casa pondría la mejor orquesta invisible, los invitados inmunes en la sala y un banquete de reyes a mitad de pasillo. No sé si lo dije pero lo repito: estar con ellos esa noche, fue de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Me enseñaron de afecto, que podíamos reirnos de nuestras circunstanciales desgracias y seguir jugando hasta las 2 de la mañana, con los juguetes recién estrenados el 24 de diciembre. No sé si lo dije: ¡qué afortunado fui de tener lechina aquella navidad!


 

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