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| Antonio
Almeida comentarios@mureche.net |
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Pancha
es mi abuela aunque de su vientre nunca saliera un hijo. Sin embargo,
a lo largo de su vida, amó a cada generación Almeida-Monasterios
como sólo se ama a los hijos, a la familia. Y es que ella dedicó
toda su vida a criar, amar y construir poco a poco una gran familia que
este pasado 27 de septiembre tuvo el privilegio de cantarle su cumpleaños
número 100, un número que fue para nosotros un agradecimiento,
una despedida y un verdadero homenaje a las abuelas, a las madres y a
la vida. Para ella uno de sus tantos hijos, mi tío, le escribió
las siguientes líneas. Distrito Capital, a 27 de septiembre de 2003 El 27 de septiembre de 1903 nació Francisca Palencia Madriz. Vino al mundo en la población de Churuguara (Falcón). Situada entre Coro y Barquisimeto la antigua parroquia de Churuguara, es un pueblo de vocación agrícola donde la ganadería impuso un ritmo a la economía. En esa tierra generosa, de gente trabajadora, vio la luz y creció con el siglo XX Francisca Palencia Madriz, a quien desde temprana edad familiares y amistades apodaron Pancha, un diminutivo de Francisca. Ella es ejemplo del crisol étnico que puebla Venezuela. Pancha es hija de blanco criollo con india. Su padre Domingo Madriz, pertenecía a una antigua familia mantuana arraigada en Coro desde el siglo XVII. Su madre Santa Palencia, provenía de los agayones, un pueblo indígena que antes de la llegada de los españoles ocupaba parte de los estados Lara, Falcón y Yaracuy. Santa era menuda, de piel cobriza, hermosa cabellera negra tejida en una larga trenza, que compartía la labranza con los oficios domésticos y crió a Pancha en las enseñanzas de los principios simples de la vida: Honestidad y Trabajo. Santa murió a avanzada edad rodeada de hijos, nietos y de las amistades que granjeó a lo largo de su andadura. Fue un ejemplo de vida como ha sido el de Pancha. En esa Churuguara bucólica donde la iglesia católica ocupaba, un tiempo preponderante de la gente, fue madurando para la vida. Desde muy joven aprendió a compartir las tareas domésticas con la catequesis católica. Adquirió fama en preparar preadolescentes para la primera comunión. Años más tarde cuando pasaba temporadas en el pueblo, hombres y mujeres ya mayores, se le acercaban con respeto a saludarla. Era aquella muchachada que había recibido de ésta abnegada mujer los rudimentos de la doctrina católica. El tener a Pancha como madre ha sido un don. En ella conviven virtudes, habilidades y, sobre todo, un sentido de existencia que es la forma más elevada de sabiduría. En la cocina Pancha no tiene nada que envidiarle a los grandes chefs. Quien ha tenido el privilegio de degustar una hallaca, un pernil navideño, un dulce de lechoza, hogazas de pan con sabor a leña, o los simples pastelitos de queso y carne, que salidos de sus maravillosas manos tienen un toque mágico, por supuesto que conserva un recuerdo imperecedero. La cocina de Pancha, herencia milenaria de sabores, está hecha de aromas, de evocaciones y de un amor profundo por los seres humanos. La madre naturaleza no le concedió la posibilidad de tener hijos, sin embargo ha sido y es un ser maternal. ¿No es acaso madre quien cría, educa y levanta sus cuatro hermanos varones?. Es el caso de Pancha. Y apenas sus hermanos pudieron valerse por si mismos se dio a la tarea de educar sobrinos y más tarde, al abrigo de la familia Almeida, formó con amor dos hembras y cuatro varones, entre ellos quien escribe estas letras y quien testimonia un inmenso amor y reconocimiento a esta madre sencilla, humilde y de recio carácter. Pancha no tuvo descendencia biológica, pero su amor materno le permitió educar una enorme familia que la venera y acoge. Pancha es una mujer progresista. Ha mirado las transformaciones como algo normal. Tuvo el privilegio de vivir los cambios más importantes del siglo XX y aprovechar los inventos con el instinto del que sabe que la humanidad evoluciona. Que las cosas no se detienen. Esta manera de ser la ayudó a incorporar a la vida diaria el cine, la radio, la televisión, la electricidad, los carros, el teléfono. Y algo que le concernía: los enseres domésticos; pasó de la piedra de moler maíz a la harina pan, de las tres topias y leña al horno de gas o eléctrico, de batir a mano las tortas al asistente mecánico de cocina, y siempre conservando con mucha sapiencia el sabor y las costumbres tradicionales de nuestros condumios. Cuando cumplió 80 años decidió residenciarse en un geriátrico. Quienes convivíamos con ella no vimos con agrado esta acción, pero ella razonó con mucha lucidez el camino que quería emprender: “no quiero ser estorbo para nadie y en un sitio como ese puedo ayudar a los ancianos”, argumentaba un poco coqueta, porque nunca se ha considerado una mujer mayor. Antes de ingresar al “Francisco Lazo Martí” de San Juan de Los Morros convivió con la familia Monasterio Mateus y fueron tres hijos más que se incorporaron a la gran familia de Pancha. El natieco de ellos, Gerardo, no está en este día, pero celebra y comparte con gozo este centenario de madre, abuela y bisabuela que es a la vez Pancha. ¡Qué disfrutes tu día abuela hermosa, consentidora y eternamente preocupada por quienes te queremos! Gracias mamá. |
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