|
|
|
|
|
||
| ................................................................................................................................................................... | ||
| Fernando
Peñalver rebotero@yahoo.com |
||
Fui un tipo afortunado. De los cuatro abuelos que la vida me ofrecía, no solo conocí, sino que disfruté horrores, el amor de tres de ellos: Clara María, Elina y Antonio. Cada uno en su estilo, cada uno en su muy particular visión del hombre y el país, me enseñaron a estar bien parado en la calle, a contarles lo que hoy les cuento. No sé si lo dije, pero soy uno más de la amplísima estadística de los padres divorciados. Mis viejos marcaron una rayita y cada uno por su lado. Quizás fue en ese entonces cuando, poco a poco, sin la fuerza de un sargento malhumorado, pero con la firmeza del afecto, ellos se hicieron presentes hasta el día de su muerte. Fueron los cuentos de la heroína Eulalia Buroz, del inefable general Juan Vicente Gómez, la creación del magisterio y el movimiento coral en Anzoátegui, de la fundación de los pueblos petroleros en Monagas. Toda esa fantasía se fundía, aderezada con las comidas y dulces que tanto extraño de muy en cuando. Mi abuelo Antonio era un tipo en extremo justo, y heredé de él la ahora rara virtud de la conversación. Sí, era capaz de abrir el corazón más duro con su saludo cordial, "epa paisano". Y el tipo podía ser de Tía Juana, de Calabozo, de Caripito o de las profundidades del Amazonas, que ese saludo de aquel tuyero querido lo dejaba para siempre anclado a la solidaridad cotidiana. Las dos abuelas fueron querendonas, cómplices y más rápidas que un Ferrari a final de temporada. No había gesto que se les escapara, ni una comida o un picante que no acudiera presuroso a curar C U A L Q U I E R aflicción, y así hacer posible la sonrisa más amplia y generosa. No sé si me van a creer, pero siento su presencia cada día, independientemente de que partieron al otro barrio hace más de diez años. En particular a la hora de tomar una carretera de noche, los invito a conversar alguna pendejada y no me siento solo. En estos días a mis hijos se les murió su primer abuelo, y Gustavo Andrés no lo podía creer. Aún le cuesta. A sus casi siete años, estoy tratando de acompañarlo, de hacerle sentir lo afortunado que fue y en especial a no ser tan malcriado con el trío que le queda. La muerte no debería ensañarse con los abuelos, esos viejos tan queridos, a los que no nos cansamos de extrañar. |
||
[
Página Principal | Palitos
de Romero | Historias Normales | Día
a Día | Letra
Abierta
]
[ Páginas Centrales
| Resaca
| Más Artículos | Papel
y Pluma | Párrafo Aparte]
[
Reflexiones | Pase de Página | Goterones
| Contracara | Links+Archivo
]
| ||| email@mureche.net ||| |