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Al anciano, con amor y humor

 
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Olivia Villoria Quijada - Psicóloga
oliviavilloria@cantv.net
 

 

Normalmente se acepta que el proceso de la senectud empieza a revelarse a los 65 años, aunque puede manifestarse alrededor de los 50 o no declararse ni siquiera a los 70. En los últimos años -debido a los adelantos científicos y a la mejora del nivel de vida- ha aumentado la longevidad, lo que hace que crezca la expectativa de vida; esto es, en el próximo cuarto de siglo la cifra de ancianos se triplicará.

La lentitud de los procesos físicos y mentales, y la pérdida de memoria reciente caracterizan, entre otras, a la decadencia y el envejecimiento, de acuerdo con el psicólogo Donald Super. La manera como se afronten estos cambios depende de cómo se ha actuado en etapas anteriores. Es decir, si la persona ha sabido adaptarse bien a las circunstancias, no le costará gran esfuerzo incorporar estas nuevas percepciones de sí misma y admitir la nueva imagen, a medida que se va transformando. Por el contrario, si en el pasado no ha sabido ajustarse, se le hará difícil asimilar las nuevas experiencias, modificar su concepto de sí misma y, por tanto, aceptar su nueva imagen.

En otras palabras, la actitud con que se asuman los inevitables cambios es determinante. Recientemente le pregunté a una mujer: ¿Cómo te preparas para la ancianidad? Y me respondió: “No sé, todavía no ha llegado”. Esta respuesta no tendría nada de particular si no fuera porque dicha mujer va a cumplir 87 años.

Ella es mi mamá, es madre de ocho hijos, abuela de nueve nietos, bisabuela de cuatro bisnietos, es margariteña, nació en El Salado, es bella y optimista, es lúcida e incansable, tiene una vitalidad extraordinaria, entre muchas otras cualidades. Aun cuando por su respuesta podría parecer que no ha aceptado la nueva imagen de su ancianidad, lo cierto es que ella la ha asumido con enorme fortaleza a pesar de las dolencias de orden físico. En síntesis, ella es más joven que muchos jóvenes.

Por ella hemos conocido, y reído a más no poder, sus decires margariteños, algunos de los cuales se refieren a los ancianos e ilustran el humor con que los insulares se refieren a esta etapa del curso vital. En uno de ellos la persona rechaza el calificativo de “viejo” (muchas veces empleado peyorativamente) defendiendo la idea de la utilidad y productividad que pueden exhibirse a pesar de los años, y en el otro una mujer presume de la experiencia amorosa y sexual que ha tenido.

“Hola viejo / ¿Viejo yo? Viejo es el camino real y todavía lo transitan” y “Vieja, pero no me entierran en urna blanca”.

Otro más se refleja en el diálogo siguiente, que expresa el deseo de vivir de un anciano, a quien el interlocutor le hace notar los cambios en sus órganos genitales, que no se corresponden con su supuesta juventud:

- “Vejeque, ¿quién te peleque?
- Mi mama.
- ¿Y si la muerte te llama?
- Soy chacho
- ¿Y esos cojones de malacho?”

El siguiente alude directamente a las modificaciones anatómicas y funcionales que experimenta -en este caso- el hombre:

“Cuando el hombre llega a viejo
todas son contradicciones
se le acorta la vista
y se le alargan los cojones”

Pero como la mujer también declina, yo lo adaptaría cambiando el “cojones” por “melones” (o “limones”, si fuera el caso).

Por último, parafraseando al cantautor Nino Bravo, un mensaje a los ancianos, “viejitos”, personas de la tercera edad, adultos mayores, abuelos (o como queramos llamarlos): “un beso y una flor, un te quiero, una sonrisa”, sazonados con chistes y cosquillas". Y esta canción de Piero, conmovedora hasta las lágrimas: “Viejo, mi querido viejo /ahora ya caminas lento /como perdonando el viento”... Amor y humor.


 

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