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Francisco Javier Romero frromero@mureche.net |
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La muerte del señor Ninito, nos tomó por sorpresa a todos, mis recuerdos son sólo instantes, en un momento estaba llamando a Marialejandra (mi prima, nieta del señor Cabrera) para decirle que no podría almorzar con ella y recibo la noticia, luego me veo montado en un avión junto a Humberto, el esposo de Marialejandra, rumbo a mi pueblo. Llego y veo a tanta gente en la casa del señor Cabrera, a mi primo Alejandro tranquilo pero con una tristeza absoluta por dentro, recuerdo a Antonio tratando de evadir su dolor. A la señora Hilia y a Zuleida con los ojos rojos y cansados de tantas lágrimas y a una señora María “chiquitica” (como me dijo mi prima), más viejita que nunca, y distante, muy distante. Confieso que no me atreví a mirar dentro de ataúd, no por miedo realmente sino porque quiero recordar por siempre al señor Cabrera como lo conocí: un hombre lleno de sabiduría, un abuelo siempre dispuesto a ayudar, a educar a quien quisiera escucharlo, aquel hombre alegre y activo, dinámico a más no poder, tanto que a veces uno se preguntaba cómo le alcanzaba el día para realizar todas sus actividades y además cultivarse académicamente. Recuerdo asimismo una iglesia que pareciera no cansarse de recibir almas buenas que van al cielo. Una caminata por la calle principal, amarga caminata cuando se realiza rumbo al cementerio. Los momentos de tensión porque no se sabía hacia qué lado iban los pies del difunto, y las risas (sí, las risas) porque seguramente el señor Cabrera sí sabría cómo era que lo deberían colocar a él. La tristeza de mi familia dio paso poco a poco a una resignación casi relajante. Mis abuelos José y Luisa poseían una serenidad que me daba fuerzas, Elirami, Elina, Milagros, mi tía Stalina, mi papá, el señor Alejandro, todo el mundo enfrentando ese momento de la forma cómo podían, sin manuales, a ciegas, simplemente recordando con su alma y corazón a un hombre que fue padre, abuelo, amigo, maestro y compañero de aquel que lo conoció. Reciba el señor Cabrera un humilde homenaje desde este pequeño punto del ciberespacio, y reciban todos los abuelos (a quienes amamos y quienes nos regalan su sabiduría) una diminuta muestra de nuestro infinito amor. +++++++++++++ Por último queremos agradecer al compañero Ricardo Hernández por la corrección de los textos aquí presentados. |
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