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Un sancocho con Ambrosio Cabrera

 
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Gustavo Rodríguez Malaver
g_rodriguez_malaver@hotmail.com
 

 

Aunque el tema de esta edición de Mureche es "Los Abuelos" y Dios me dotó de unos abuelos maravillosos, hoy quiero recordar a Ambrosio Cabrera ("Ninito"), un poeta que la providencia le destinó como cuna el pueblo de Tacarigua.

Dios fue excesivamente cuidadoso conmigo, y se lo agradezco, no sólo me puso de padres a Aníbal y Lucía, si no que por si acaso me descarriaba, se aseguró con familiares, que como una especie de padres emergentes o designados -para expresarlo en términos beisboleros- complementaron mi educación y crianza. Uno de ellos, Ambrosio Cabrera o el "Sr. Cabrera", como siempre lo llamé, más que con el debido respeto, con el profundo cariño que él despertaba en la gente.

A su lado y durante buena parte de mi vida, pasé a unos ratos maravillosos, pero hoy quiero recordar aquellos tiempos cuando laboraba en Margarita y cuando -en no pocas ocasiones- coincidíamos en "El corral de Cabrera", Chendo, Millo, Lagartija, Tomás Chan ("Cuenten conmigo y cinco más"), Toño el de Leticia, Chavolo y otros, en un ritual de sancocho dominguero, aderezado con una buena ración de cervezas frías.

Al lado del Sr. Cabrera un sancocho común y corriente se transformaba en una especie de "Sancocho didáctico". Se hablaba de todo incluyendo política, poesía, religión, yoga (su deporte de toda la vida), e incluso en alguna ocasión caíamos en un improvisado galerón. Si mi mente no me falla, a Tomás Chan lo bautizamos "El Cigarrón de Aguas Muertas".

El sancochero generalmente era Chendo, aunque algunas veces Alejandro Maza demostraba su sapiencia en el arte culinario, incluso a veces Raúl "el de Mercedes María" se animaba. El menú podría variar desde el común y corriente "Sancocho de gallina", hasta el delicado y fino "Pellejo e' puerco con frijol".

Allí aprendí que el gremio más desunido es el de los sancocheros. Un sancochero no prueba el sancocho de otro, a no ser para decir: "Esto no sirve pa´ na". El sancochero no le enseña sus secretos ni a su hijo ¿verdad Francisco Javier? También aprendí que la peor ofensa que se le puede hacer a un sancochero es no repetir otro "plato de sancocho".

En uno de esos sancochos, el Sr. Cabrera me contó que él era siempre la persona designada a la hora de realizar una despedida a alguno de sus compañeros que salían jubilados de la Mene Grande, a sus dotes de poeta se le unía la de buen orador. Sin embargo, cuando llegó la hora de su jubilación, en toda la empresa no había quien hablara en su despedida, por lo tanto sus compañeros decidieron que hablara el propio Cabrera. Al llegar el momento, por primera vez sintió miedo y las palabras pensadas con anterioridad se negaron a salir y solo atinó a decir: "Lo que son las cosas, yo que tantas palabras tuve para despedir a mis compañeros, hoy no tengo palabras para despedirme a mí".

Así era, Ambrosio Cabrera.


 

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