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El pajúo ese

 
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Fernando Peñalver
rebotero@yahoo.com
 

 

Desde bien carajito, lo juro, siempre me gustó hablar por teléfono. Era una fascinación arrechísima comunicarse y hablar laaaaaaaaargo y tendido por el puro placer de buscarle la lengua al otro, especialmente a la otra.

Los regaños crecían en mi casa, conforme llegaba el temido día del arribo de la cuenta del aparato que bien te llevaba a Puerto Cabello, a Cagua, a Maracaibo y pare usted de contar.

Pero el "no va más", el punto cumbre de las comunicaciones de los últimos tiempos, fue la llegada del celular. La primera referencia que tuve de esos adminículos fue de un pana: "no vale, esa vaina es horrorosa. Son como unos ladrillos, que pesan más que un collar de bolas criollas y además la factura es alucinante".

Yo estuve renuente a tener uno encima, hasta que tuve que aceptarlo a regañadientes. Mi esposa estuvo a punto de divorciarme en caso de no cargarlo. Era un analógico de lo más simpático, que me costó tiempo asimilar. Lo veía como el pajúo que decía en mi casa "aquí está", justo cuando salía con mis amigos a picar algo en la tasca de La Candelaria.

Aprendí la gran utilidad de los celulares, el día que me salvó la vida en la carretera de Oriente. Estaba pasando un carro y de repente se me trancó la rueda trasera derecha. Luego de pasar la cagazón por la coleada, y recuperar el aliento, recordé esas promociones con el bendito número de emergencia, en el mejor estilo del *911 gringo.

Puedo jurar que en menos de 15 minutos, una inmensa grúa, modernísima y con un chofer más buena gente que el pan, me llevó a mi destino final: la casa de mi hermana en Puerto La Cruz. Últimamente, descubrí los mensajes de texto en el aparato que le tengo choreado a mi hijo Gabriel. Los benditos mensajes me han sacado las patas del barro y otras cosas que, palabra de caballero, no puedo contar aquí.


 

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