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| Mairena
Romero Sánchez mairenacaramelo@hotmail.com |
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El Banco de Venezuela nunca había estado tan lleno como ese día; toda la gente de la ciudad estaba allí para hacer algo: unos para cobrar cheques, otros para sacar dinero y otros (me imagino yo) a los que les encanta hacer colas, fueron a divertirse y a llenar el banco, sin ninguna transacción de momento. El típico cartelito de banco “Apague su celular”, era el único que entretenía a la gente de la cola, la cual no se movía ni un centímetro. “Qué cartel tan extraño”, pensé, me pregunto si alguien alguna vez le habrá hecho caso y habrá apagado el bendito artefacto. La cola avanza tres milímetros y las 50 personas delante de mí empiezan a refunfuñar. Como siempre que hay cola en un banco, los cajeros se esfuman y solo hay una taquilla abierta. Escucho conversaciones, mi único entretenimiento. La señora de adelante cuenta las miles de enfermedades que ha tenido su hija y que la convierten en una integrante del libro de los records Guiness. El señor de atrás dice que la situación esta muy mal, que no le alcanza el sueldo, pero eso sí, las cervecitas del viernes por la noche son fijas; para eso sí hay. De pronto, como si Dios nos escuchara, como si quisiera entretenernos, nos manda una señal: empieza a repicar un celular (por cierto, con una de esas cancioncitas que las tienen todos los modelos del mundo). La gente se mira impaciente, como si fuera pecado que alguien recibiera una llamada, y el cajero se molesta y no sigue su trabajo hasta que el susodicho conteste, o apague, el bendito aparato. Todo el mundo mira al otro como si no fuera el celular de ellos, y algunos, más bravos, empiezan a gritar que apaguen el instrumento. Yo los miro a todos pensando en quien podría ser el pobre imbécil al que le están diciendo hasta de que se va a morir y me río para mis adentros, pero... el señor de atrás, el de las cervecitas, me dice que cree que es mi celular. Yo le respondo que no, pero el señor insiste tanto que todas las miradas del tumulto caen sobre mí. Ante tanta expectativa y miradas de terror, decido ver si era mi celular y con cara de pena, roja como un tomate, veo que mi hermano me está llamando. Con el celular repicando en la mano y tras 6 segundos pensando qué era lo que tenia que hacer (si salir corriendo o apagarlo) decidí hacerme la importante y salir del banco a recibir la llamada. “Quizá sea una emergencia” dije en voz alta tratando de que la gente entendiera, pero solo se enfurecían mas al ver que la cola no avanzaba por mi culpa. Salí del tumulto que me quería matar con la mirada y al irme del banco, sin importarme la llamada, empecé a correr a algún sitio donde nadie recordara que era yo la del celular. No sé para qué me llamó mi hermano y no logré depositar el dinero en la cuenta, pero lo que aprendí es, que si quieres vivir, no prendas tu celular en el banco, porque lo podrías pagar muy caro. |
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