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| Olivia
Villoria Quijada - Psicóloga oliviavilloria@cantv.net |
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Al contrario de otras personas que sólo usan el teléfono cuando es estrictamente necesario, a mí me encanta conversar por él. Esta afición la comparto con casi todos los miembros de mi familia, al punto de que instalamos un sistema de banda ancha para poder navegar y hablar con libertad, sin presiones, sin angustias, sin ningún "apúrate que tengo que conectarme", sin tanto "a lo mejor está llamando Fulano y tienes una hora navegando". De todas maneras, el teléfono casi siempre está ocupado. Claro, ya lo dije antes, es una afición. ¿O será adicción? Hablar por el teléfono celular me gusta menos. O la llamada se cae, o la pila se gasta en el momento más inoportuno, o hay interferencias, o no tiene cobertura, o el abonado no puede ser localizado en este momento, o la persona no puede contestar, o pare de contar. Ahora, de que es un objeto muy necesario, sin duda que lo es. Creo que todos tenemos ejemplos de cómo -en un momento determinado- salvó una situación o previno un problema. O sea, lejos quedó la época en que, por considerarlo propio del “sifrinismo”, el “nuevo-riquismo” o el “pantalleo”, lo llamábamos “ridicular”. Más ridículo es no tener uno. Lo que cantaba Popy (Dioni López) refiriéndose a la telefonía fija, cuando ni siquiera se vislumbraba la creación de la telefonía móvil, se aplica también a ésta:
En la actualidad, me sería difícil prescindir de ambas tecnologías. Casi imposible. Imposible más bien. ¿Anécdotas sobre mi celular? Tengo algunas. Me encontraba esperando una llamada: “Tengo una reunión esta tarde, yo te llamo, yo veo”. Me coloqué el aparato en la cintura del pantalón. Estuve toda la tarde en su compañía. Fui a caminar, dormí la siesta, vi la televisión, hice algunas lecturas, envié y contesté mis correos electrónicos, hasta para el baño fui con él, pues. Fue precisamente aquí donde se cayó y se rompió. La gracia me costó 40.000 Bs... y la llamada nunca llegó. Pero, así como hay llamadas esperadas que no se reciben, afortunadamente hay llamadas inesperadas que se reciben. El día de la amistad leí un mensaje de texto: “Asómate a la ventana. Adivina quiénes somos. Feliz día”. Eran algunos de mis queridos ex – alumnos de la Escuela de Psicología de la UCV. Aunque parezca mentira mi celular no puede enviar mensajes de texto. No. Intenté regalarme uno que tuviera esa función el día de mi cumpleaños, pero los que me gustaron eran tan costosos que desistí, por ahora. Como no quiero que me sigan diciendo “ese mocho teléfono” y deseo comunicarme con los demás por esa vía, pronto lo cambiaré; entonces me verán oprimiendo frenéticamente las teclas (como casi todo el mundo hace) para enviar “mensajitos” (como casi todo el mundo dice). Eso sí, yo no pienso abreviar las palabras cayendo así en el uso de los errores ortográficos. Yo preferiré escribir “He llegado tarde” en lugar de “E Y gado tar D”, por más económico que pueda resultar. ¿Aló? |
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