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Pelotero de por vida

 
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Denis Rodríguez M.
drrodrig@cantv.net
 

 

"El juego se acaba, cuando el juego se acaba"
Yogi Berra


Casi todo lo que he necesitado saber lo aprendí en la escuela del beisbol. Viví toda mi infancia frente a un estadio, y allí sentí de cerca la pasión de ese juego, que es el juego de los juegos. Conocí a buenos peloteros amateur en el campo petrolero de Buena Vista, quienes representaron al estado Anzoátegui -y también al país- en competencias internacionales. Estudié mi primaria en la escuela Pedro María Freites, donde el deporte por excelencia era el beisbol y luego el atletismo. Allí aprendí la teoría y la práctica del juego.

Era una época donde en mi casa -como en muchas del campo- el estímulo que recibíamos los niños era para que fuéramos buenos estudiantes y no buenos peloteros. Mi papá, a quien le gustaba la poesía, siempre tenía a flor de labio un verso reservado para mis hermanos y para mí: “estudien para cuando crecidos/ no sean ni juguete vulgar de las pasiones/ ni el esclavo servil de los tiranos”. Esto pasaba a la actividad deportiva a un tercero o cuarto plano. Adicionalmente nunca tuve suerte con mis profesores de deporte, cosa rara, cuando me miraban, se acordaban de mí y me mandaban a jugar banco. Nunca participé en un campeonato organizado infantil, juvenil o amateur, y eso que yo lo hacía bien.

Mi sueño era jugar con los Yanquis de Nueva York. Estar sentado en el dugout en mi primer día en las Grandes Ligas (con mi guante Wilson y mi bate Rawling 36 en mis manos) esperando el momento de mi debut: un noveno inning, el viejo Billy Martin diciendo “Denis, es tu turno”, caminando al home, sin prisa pero sin pausa, sin ver a las gradas, deteniéndome en la caja de bateo, anclando mis spikes en la tierra, echando una mirada al pitcher, haciendo dos swings, preparándome a batear; y en cuenta de tres y dos boto la pelota por el lado de Babe Ruth, recorro las bases lentamente viendo cómo se va la pelota fuera del campo, escucho los gritos la multitud asistente al estadio, me acuerdo inicialmente de mis profesores de deporte, me río, y luego pienso en mi familia, llego a home, me abrazan jubilosamente Mickey Mantle y Roger Maris. Pero esto no pudo ser.

Me retiré del beisbol y me dedique a estudiar. Sigo siendo un fanático, me gusta ir al estadio a ver la técnica, estar pendiente cómo se desarrolla el juego y ver la posibilidad de que pase algo inesperado que rompa con las reglas, lo cual lo hace más interesante. También me gusta el ambiente festivo del estadio y la cerveza fría. Mi equipo favorito son dos: el Caracas y el Magallanes o el Magallanes y el Caracas.

Las cosas que yo aprendí en la escuela de beisbol: jugar limpio; practicar las jugadas constantemente; estar en el juego; no menospreciar al equipo contrario; saber moverme según la jugada; no quitarle el ojo a la pelota; marcar los tiros; jugar para el equipo, tener dos o más jugadas en mente según el estado del juego; estar atento a las señas; seguir las instrucciones del manager; llevar una vida ordenada y feliz dentro y fuera del campo; jugar para ganar (pero si hoy no puedes, mañana será otro día); reflexionar sobre las máximas del filósofo del beisbol, Yogi Berra: “El que llega temprano al estadio y se prepara física y mentalmente llega primero a las grandes ligas”; jugar en equipos de buenos manager (porque éstos tienen buena suerte); y finalmente, que “el juego se acaba, cuando el juego se acaba”.

He trabajado en distintas empresas, he tenido varios oficios (desde hacer perfumes, dar clases, hasta diseñar edificios altos) y siempre me ha ido bien. Creo que en parte se debe a que he aplicado, según el oficio, esas cosas que aprendí para ser un buen pelotero.


 

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